Si el anterior bitel era añejo (con al menos veinte años a sus espaldas), el siguiente no es tanto, aunque sí creo que ha de rondar por los cinco o seis añitos. Se trata de uno de unos cuantos desvaríos que me dio por escribir para no oxidarme (cosa que ocurrió más tarde). 

De mi infancia recuerdo el bolso de mi madre como un aparejo con propiedades casi mágicas. No era solamente que se tratase de la caja fuerte móvil donde se escondían las brillantes monedas y los suaves billetes capaces de satisfacer mis humildes ambiciones de entonces. Entre sus funciones se contaban las de farmacia ambulante, perfumería portátil y diminuta peluquería. Parecía la versión moderna y femenina de la concha del caracol, un hogar portátil o, por lo menos, una sucursal del mismo. Si un día mi madre hubiese sacado una cama de su bolso, no me hubiese sorprendido.

Uno no tarda en descubrir que toda mujer está unida a un bolso. Lo cual casi equivale a decir que toda mujer, sea el tipo de vida que lleve, es una “mujer de su casa” pues siempre la lleva a cuestas. Resultaba fascinante investigar en el bolso materno, con o sin autorización. Al abrirlo, uno se sentía embriagado por la fragancia que estaba depositada en cada uno de sus rincones. Era el olor de mamá, tan mudable como su carácter. Unas veces era cálido, acogedor como pasar una gripe en la cama durante una noche de invierno. Otras, removía hormonas que el tiempo terminaría despertando definitivamente. Repuesto de la primera impresión, uno se ponía a hurgar y aparecía la polvera, el delineador, el pintalabios… todos los elementos rituales de la belleza femenina, terminando con los dedos embadurnados de una mezcla de sustancias que evidenciaban su paso por el bolso.

De pequeño todo es maravilloso, un descubrimiento sorprendente, una aventura. El tiempo nos cura de eso. Crecemos y descubrimos que las primeras mujeres que nos interesan, que aun no son tan mujeres, no llevan bolso, de manera que se rompe el asociación mujer / bolso. Así, el bolso pasa de ser algo extraordinario a convertirse en un elemento más que encontramos ocasionalmente en nuestra vida diaria.

Todo esto viene a que hace poco me sorprendí mirando el bolso de una mujer mientras ella disfrazaba en su rostro los efectos de la noche anterior. Quizá fuese la luz de la mañana, el silencio resquebrajado por los coches tempraneros, la intimidad compartida, no sé. El caso es que miré el bolso y me acordé del de mi madre. Entonces, como el que presencia una revelación, me di cuenta que los bolsos ya no eran mágicos. Lo vi con los mismos ojos melancólicos con que uno mira un juguete de la infancia que le procuró tantos momentos de felicidad. Lo único que roe el hierro, muerde el acero, pulveriza la peña compacta, mata reyes, arruina ciudades y derriba las altas montañas también acaba con la magia de los bolsos.


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