Le gustaba dibujar mujeres. Le fascinaba.

En el trabajo era callado, recluido en sí mismo, pero un excelente trabajador. No hablaba con nadie a menos que fuese necesario y siempre las palabras mínimamente imprescindibles. Desde que entró, le subieron el sueldo tres veces sin que dijera nada por miedo a que el día menos pensado se marchase. Pero cuando se dieron cuenta de jamás pediría nada por él mismo y que tampoco se iría, dejaron de hacerlo. Él apenas se dio cuenta.

Sólo gastaba en comida, transporte, papel, lápices y tinta. Sólo dibujaba mujeres.

Todas ellas provenían de su imaginación. No recorría las calles buscando inspiración; no buscaba en las revistas o en los libros de fotografías modelos en los cuales basarse. Todas salían de su interior.

Su cuarto estaba empapelado con hojas llenas de sus mujeres. Cuando se le acababa el espacio, ponía una encima de otra, como si de un calendario se tratase. Conversaba con ellas. Les decía los chismes del trabajo, pues aunque no hablara, escuchaba muy bien. Les hablaba de sus sueños, de sus aspiraciones, de sus ambiciones. Allí, entre sus mujeres, era otra persona diferente a la que veían los demás. Pero, en cuanto salía de su habitación, volvía a ser esa sombra gris que pasaba desapercibida por donde fuese. Y eso era porque todo lo que quería era volver a su habitación.

Para los momentos en los que la sangre hervía, había dibujado mujeres desnudas frente a las que se masturbaba pensando que se masturbaba ante ellas en forma corpórea. Ni siquiera en su cabeza hubiese osado tocarlas: eran sus diosas particulares.

Un día, al terminar un dibujo, se enamoró de la mujer que acababa de plasmar en papel. La dibujó en todas las posturas, en todo tipo de lugares, vestida de todas las maneras posibles. Arrancó todos los demás dibujos y puso sólo los de esa mujer. La habitación no tardó en encontrarse como estaba antes, cubierta de papel hasta el último rincón. Pero ahora siempre era la misma mujer.

Decidió casarse con ella. En un esfuerzo tremebundo, dibujó a un cura, celebró el matrimonio en su casa y allí mismo pasó la noche de bodas y el viaje de novios. Se tomó los días libres que le correspondían en el trabajo y cuando le preguntaron dijo simplemente que se había casado. Nadie dijo nada. No le pidieron explicaciones ni documentos. Hasta le alzaron el sueldo.

Todavía sigue allí. Seguro que le conoces: es ese compañero callado y taciturno, que no comparte con nadie ni una confidencia, ni una anécdota. Hasta te da un poco de lastima. Pero, y eso tú no lo sabes, él es feliz. Seguro que más que tú.


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