Este relato pertenece a mi libro “Retratos de mujer”, que puedes descargar gratis aquí.

Aún esbozo en el recuerdo las líneas de tu figura cuando desde el pretil te observaba, mientras tú, con descuido, desnudabas tu recio cuerpo de azabache ante mis ojos.

Réprobo siempre he sido de todas las religiones que nos impiden a los hombres disfrutar las excelsas mieles que las mujeres, como diosas hastiadas, nos brindan. E, incluso así, sé a la perfección lo detestable de aquel mi comportamiento. Pero es que era tan difícil evadir la vista cuando, en aquellas tardes de verano, habituabas a desvestirte frente a la ventana. ¡Oh divino descuido que nos unió en una relación muda de palabras y tactos! ¡Oh célica petulancia con que hacías ostentación de tu cuerpo, que me llevaba a disfrutar de las mieles que sólo la vista puede ofrecer!

La primera vez fue casualidad. La estrecha calle que forman nuestros edificios no da para muchos deleites paisajísticos, pero el agobiante calor me impulsó a apoyarme en el balaustre de mi ventana en busca de alguna extraviada y pasajera brisa. Eolo me ignoró, pero parece ser que Venus decidió consolarme, pues cuando mi atención recayó sobre la luz que, de pronto, iluminó una de las cristaleras frente a mí, apareciste tú, ignorante de aquel espectador accidental del sublime espectáculo que ofreciste a continuación.

En el instante en que comenzaste a alzar la bermeja camisola que llevabas, comprendí súbitamente qué era lo que pensabas hacer. Pero mientras mi conciencia se debatía entre la desvergonzada vigilancia y el pudoroso comedimiento, cayó al suelo la prenda, quedando ante mí, de medio lado, unos promontorios globulares que surgían escandalosamente de tu torso. Mi conciencia, abatida, se retiró a un rincón a curar sus heridas mientras yo contemplaba con estupor como caían, libres del sostén, aquellas oscuras ubres prosopopéyicas cuales mayúsculas bayas de los arrayanes.

Te giraste entonces, quedando de espaldas. Tu prieto vaquero se negaba a abandonar la plenitud de tus caderas, orondas como una manzana invertida. Desapareciste de mi vista momentáneamente, para volver a aparecer con una minúscula braguita ambarina que mostraba más de lo que ocultaba. Fugaz aparición aquella, de la que no pude retener fragmento alguno, salvo la estrechez de tu talle. Apagaste la luz y, cuando el fulgor del televisor comenzó a mostrar difusas sombras, ya habías desaparecido. Me quedé a solas con mi alma encendida.

Al día siguiente, cerca de la misma noctívaga hora en que te había visto, aceché indiscreto desde mi ventana. Tras larga espera, resolví retirarme, despojando de todo aspecto predecible y lanzando al reino de la casualidad lo sucedido la noche anterior. Sin embargo, ya salía de la habitación cuando vi de soslayo en un espejo situado frente a la ventana la aparición de un reflejo prometedor. Ver tu luz prendida y apostarme en mi emplazamiento fue todo uno.

Llevabas en esta ocasión una blusa atada en los extremos bajo los pechos, dejando tu ombligo al exterior. Portabas un pantalón sin perneras que había permitido a todos contemplar tus brunas piernas. Pero, mientras que a los demás únicamente se les había permitido ver meros avances, sólo a mí me estaba reservado contemplar la endrina función al completo.

Comenzaste de nuevo por la parte de arriba. Deshiciste el nudo con que habías atado meticulosamente la blusa y tus oscuras prominencias saltaron en una riada de carnalidad pues no había esta vez sostén que hiciese de presa. Distraídamente, alzaste la cabeza tras terminar la primera parte de tu despreocupada exhibición, y entonces…

Quedaste inmóvil cual estatua frente a mí. Tus ojos coincidieron con los míos y comencé a adquirir el tono de la grana. Tu estatismo, fruto de la estupefacción, indicaba que, sin lugar a dudas, me habías descubierto. Yo permanecí igualmente inmutable, esperando a que tú dieses el primer movimiento. Con esto esperaba engañarte, hacerte pensar que en ningún momento te estaba mirando, sino que estaba buscando alivio en la bochornosa noche veraniega.

Pero, ¡oh, sorpresa! Cuando yo esperaba verte correr indignada una cortina, u oír unos bien merecidos insultos desde el otro lado de la calle, lo único que hiciste fue continuar con lo que, antes de descubrirme, estabas haciendo. Y he ahí que comenzaste a hacer ostentación de los regalos con que te había obsequiado la madre naturaleza: cayó al suelo la blusa, permitiéndome ver por entero tu torso del que surgía un soberbio amazacotamiento mamario que su firmeza hacía parecer ingrávido. Me diste la espalda e, inclinándote por tu talle, me ofreciste tus redondeadas ancas, planetas inmensos que parecían pedir exploración, al tiempo que las ibas desnudando de la corta pantaloneta y de la prenda interior que había bajo ella. La luz que perturbaba las tinieblas nocturnas arranca brillos de la oscura y tersa piel de tus nalgas. Entre ellas pude distinguir un enjambre ensortijado de pelusilla que rodeaba a dos ninfas que, incitantes y sugerentes, parecían ir perlándose de tu excitación.

Diste entonces media vuelta de nuevo, incorporándote y quedando de nuevo ante mí aquel busto atezado que me había dominado desde el principio. Repasaste con tus manos lentamente toda tu eclipsada dermis, como preciándote de tu epicúrea hechura y avanzaste hasta la ventana, donde te apoyaste como yo en el pretil, quedando tus senos suspendidos sobre la calle. Acariciaste semejantes ubres con manos de seda, mientras a mí me parecía sentir el roce de los pezones en las palmas de tus manos y como, cuando los pellizcabas delicadamente, crecían y se endurecían al toque de las yemas de tus dedos. Deslizaste una de tus manos al interior y tu brazo comenzó a moverse vigorosamente. Sin poder evitarlo, te imité, y ambos nos entregamos a amarnos a nosotros mismos sin despegar en momento algunos nuestros ojos del otro.

Fue desde aquel día que, todas las noches, te jactabas desnuda de tu estampa frente a la ventana, segura de que yo estaba ahí para verte. Todo fue bien en aquel tácito e impúdico pacto hasta el día en que mediste el regalo de tu coito, de tu cópula desenfrenada con un macho descomunal. Impeliste a éste a amarizaros junto a la ventana y él, como buen hombre, no pudo dejar de someterse a la depravación de una mujer. Vi como mimaba con deleite tus maravillosos globos, y era mi lengua la que recorría tus tiesos pezones; vi como acariciaba tus nalgas, y era yo quien exploraba la piel de ébano de tus posaderas… Como he dicho, todo fue bien hasta que, cuando se aprontaba para invadir tu húmedo y cálido aposento, se percató de mi presencia. Yo estaba absorto en como él tomaba posesión de ti y, al lanzar la estruendosa exclamación que le sobrevino al descubrirme, de la sorpresa caí desde la ventana en la que me había apoyado peligrosamente para observar mejor.

Te escribo esto mientras espero a que dicten sentencia sobre mi caso. Ya que se trataba de una violación de la intimidad de mutuo acuerdo, dudo que sean muy severos conmigo. Salvo eso, y otros pecadillos menores, no tienen en realidad nada grave contra mí. Posiblemente, antes de darme un destino definitivo, me mantendrán en este lugar con el objeto de purgar por completo todas las objeciones que me puedan plantear a la hora de ir arriba. Pero, si no me prestan ayuda, dudo mucho que pueda hacerlo pues, aún aquí, continuo pensando en tu lozano escote, en tu rotundo nalgatorio, en las curvas de tus formas…


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