Tolerancia e igualdad


Leo una entrada muy interesante de Rigoletto en la que reflexiona acerca de la tolerancia y su verdadero significado. Un párrafo que lo dice todo:

El concepto “tolerancia” enmascara un sentimiento de superioridad, de certeza en mis principios, de prepotencia. Eso sí, con una actitud positiva, de buen rollito. Pero, ¿qué autoridad moral tengo yo para tolerar o dejar de hacerlo en un tema como por ejemplo la homosexualidad? Es que no tengo siquiera que pronunciarme. Basta con que los homosexuales o los inmigrantes sientan absoluta libertad para hacer su vida, sin que yo tenga que tolerarlo, pues, a fin de cuentas yo no soy nadie para meterme en las vidas ajenas.

Estoy completamente de acuerdo. En sus diferentes acepciones, “tolerar” incluye palabras como “sufrir”, “permitir”, “soportar”… Curiosamente, “tolerancia” habla de “respeto y consideración”, cuando no deja de venir de un verbo que no incluye esos conceptos por ninguna parte, y su origen se delata en la primera acepción: “Acción y efecto de tolerar”.

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Tolerancia” es una de esas palabras “pervertidas” por los políticos y todo aquel que hace bandera de lo políticamente correcto y que, como dice Rigoletto, sirve para enmascarar una cierta prepotencia, una posición de magnanimidad cuando ésta, de acuerdo a los valores morales que trata de defender, no debería ni existir. Pero claro, es más fácil hablar de “tolerancia” que de “igualdad”, porque si fuera así, las cosas se volverían en nuestra contra. “Igualdad” tiene unos resabios revolucionarios con los cuales algunos no quieren vincularse. “Tolerancia” es mejor: los sufrimos, los permitimos, los aguantamos y además les hacemos saber que lo estamos haciendo por somos los que mandamos.

En el fondo, “tolerancia” refleja mejor la situación actual. El problema es que se ha convertido en un ideal al que aspirar.


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