Estaba gozosamente practicándole el sexo oral a mi pareja (por ser quirúrgicamente correcto) cuando me resbalé en el clítoris, reboté en uno de los labios y fui a parar de la vulva a la vagina. Por suerte, como aún estábamos tan sólo en los preliminares, conservaba mi ropa, así que busqué en mis bolsillos el mechero para arrojar algo de luz a tan extraña situación. Repuesto de la primera impresión, decidí aprovechar el tiempo y, movido por un afán estratégico, inspeccionar un poco el lugar a ver si localizaba con exactitud el tan cacareado punto g de mi amada. Me acordé entonces del chiste de aquel al que se le caía el reloj y, al ir a buscarlo en las mismas intimidades en que yo me encontraba, se daba de manos a boca con un árabe que decía haber perdido su caballo hacía semanas. Como encontrar a un árabe descaballado podía resultar tan impresionante como encontrar el punto g, inicié mi exploración con el mismo ánimo que un buceador se acerca a un galeón hundido.
 
La verdad es que no tardé en extraviarme. Mi atención a las lecciones de anatomía recibidas en el colegio había sido tan precaria que sólo me permitieron raspar el suficiente que garantizaba el olvido inmediato de la materia. Fui caminando y, a pesar de no saber a ciencia cierta en donde me encontraba, sabía que iba subiendo pues la ratas de ciudad como yo terminamos desarrollando un sentido de la orientación prodigioso que nos permite ubicarnos hasta en los barrios más enrevesados. De esta manera, pasando de un pasillo a otro, llegué hasta una cavidad amplia donde encontré a un señor cómodamente sentado en un sillón, fumando en pipa y leyendo el periódico. Pensé que había llegado al cerebro y que estaba ante un recuerdo idealizado de su padre, y así se lo hice saber a este señor.
 
—Está usted equivocado —me dijo—. Esto no es el cerebro. Es el corazón.
 
Entonces me di cuenta de que ese señor no era su padre y que cuando mi pareja decía que me llevaba en el corazón estaba técnicamente mintiendo. Despechado, descendí por el mismo camino que había seguido pero, de la manera fortuita que a menudo acompaña a a la firme determinación, me desvié en el punto adecuado que me llevó al estómago. Allí me instalé a la espera de causarle una indigestión que le hiciera vomitarme y, de una vez por todas, ser expulsado de su vida de la forma más visceral posible.

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