Redescubrir un libro: seguro que te ha pasado.

La misma expresión define a lo que me refiero, pero quisiera matizarla. En principio, podría decirse que hablo de cuando volvemos a acercarnos a una obra y nos parece nueva o superior a lo que pensamos la primera vez que la leímos. No es eso exactamente. Para mí, ese redescubrir es cuando una obra te pareció horrible o detestable en un momento dado pero, tiempo después y quizá bajo otras circunstancias, al acercarte de nuevo a ella, descubres lo drásticamente equivocado que estabas entonces (aunque es posible que no lo estuvieses, sino que en aquel momento tuviste tus razones para pensar a mí). Es una cuestión de grados.

No estoy seguro de si es algo me ha pasado varias veces; al fin y al cabo, tiendo a releer solo aquello que me gustó al principio. Pero sí lo estoy de que por lo menos me ocurrió en dos ocasiones.

La primera fue cuando yo era muy pequeño. Me invento mi edad: 8 años, aunque probablemente fuesen un par más. Durante una expedición con mi madre a un supermercado Alcampo que estaba a años luz de mi casa (o eso me parecía a mí), yo insistí en llevarme como botín un libro de ilustraciones de naves espaciales porque no encontraba otra cosa mejor. Las ilustraciones eran espectaculares, pero también iban acompañadas de un profuso texto al que no presté atención. Pronto perdí el interés y el libro fue a parar a alguna estantería y ahí se quedó, ejerciendo de decoración o de bulto, no lo tengo claro. De vez en cuando, sobre todo cuando estaba aburrido, lo sacaba para volver a ojearlo, pero no tardaba en devolverlo a su sitio.

Años después de aquella compra (quizá ya en la pubertad), en un día de un aburrimiento especialmente intenso, cogí aquel libro y decidí empezar a leer, convencido de que lo dejaría al poco tiempo. Me equivoqué: la historia me cogió por el cuello de la camiseta y tiró de mí hasta que me leí el libro completo (no era tan largo, creo que lo terminé en un par de tardes). Fue un descubrimiento fascinante. No recuerdo los detalles, pero narraba las vicisitudes de una guerra espacial que me enganchó desde las primeras líneas.

Por si te interesa, el libro en cuestión era «Grandes batallas espaciales», de Stewart Cowley y Charles Herridge. Al respecto del mismo, Alejandro Polanco Masa escribió en su «Tecnología obsoleta»:

Se notaba de lejos que el texto había sido adaptado al dibujo y no al contrario, porque a buen seguro la gran colección de ilustraciones procedía de muchas y diversas publicaciones y, algún editor con buen ojo, había decidido reunirlas en forma de libros de inverosímil trama pero indudable gusto visual.

Desde hace mucho tiempo me vengo preguntando cuál sería mi reacción de volver a leerlo ahora. Me gustaría averiguarlo, pero hasta que lo consiga me conformo con el recuerdo de un par de tardes en las que aquel texto, para mí inesperado, me dejó un buen sabor de boca.

El otro redescubrimiento se dio muchos años después. La primera parte de la historia sucedió cuando tenía quince años. Había suspendido la asignatura de Lenguaje y debía leerme un libro durante el verano. Ese libro era «La busca», de Pío Baroja. Ni que decir tiene que no lo toqué en todas las vacaciones más allá de para llevarlo de un lado a otro sin llegar a abrirlo. Entonces, el último día, el literal último día antes, me lo leí íntegro para el examen de recuperación.

Fue una experiencia dolorosa.

No recuerdo nada del examen ni qué nota saqué (salvo que aprobé), pero se me quedó un regusto muy amargo de aquella experiencia.

Sin embargo, cuando casi una década después vine a Ecuador, lo metí en la maleta. Creo que no lo hice yo, sino esa parte de nosotros mismos que sabe mejor que nosotros lo que hace.

Así, con diez años más encima y muy lejos de ese Madrid que era uno más de los protagonistas de la novela, volví a leerla. La nostalgia, supongo.

En esta ocasión, el resultado fue diametralmente opuesto. Quedé fascinado por el libro. No me lo leí de nuevo en veinticuatro horas, pero sí lo hice rápidamente, absorbido por la historia y, probablemente, por donde se ambientaba. Así, el recuerdo amargo se tornó en dulce y grato y se ha convertido en una obra muy especial para mí. Quizá algún día la emprenda con el resto de su trilogía de «La lucha por la vida». Alguna vez lo intenté, pero es dura más por lo que cuenta que por su prosa.

Redescubrir así un libro es una experiencia maravillosa, aunque posiblemente infrecuente (al menos para mí). Quizá por eso atesoro las que he tenido, colocándolas en un rinconcito de mi corazón.

Imagen: todocoleccion.net


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