Pongo el título así, entre interrogaciones, porque no estoy del todo seguro de que lo sea.

Que es uno de mis favoritos, no hay duda.

Pero que sea «el primero entre iguales» solo lo justifico con que es uno al que vuelvo cada cierto tiempo, sobre todo cuando este es lluvioso.

Detrás de este poema hay una historia, tanto del autor, José María Gabriel y Galán, como del que esto escribe. Empecemos por este último.

Fue hace muchos, muchos años, durante una tarde de ánimo tormentoso y turbulento en Madrid.

No recuerdo ni siquiera a qué era debido, aunque sospecho de algún desengaño amoroso de los de aquel entonces.

No sabía que hacer conmigo mismo y deambulaba por la casa como alma en pena cuando, buscando perderme de mis circunstancias por medio de algún libro, cogí uno al que nunca había prestado atención y que pertenecía a la biblioteca familiar que ya he mencionado en alguna ocasión.

Se trataba de un libro de poesía de un autor que no conocía, así que abrí sus páginas al azar y fui a dar de sopetón con este poema que traigo: «Canción».

Decir que me atrapó desde sus primeras líneas sería quedarse corto: me cogió de unas imaginarias solapas y tiró de mí hasta ponerme a milímetros de su cara.

Pudo haberme soltado porque, tras el primer tercio, ya no tenía intención de moverme, pero no lo hizo.

Cuando terminé de leer, la lluvia había amainado, las nubes se comenzaban a abrir y había un tímido pero potente rayo de sol que se empeñaba en recordarme que dentro de mí había fuerzas de las cuales me había olvidado.

Desde entonces, y a pesar de considerarme ateo, estos versos formaron parte de mi arsenal para combatir la desesperanza y están guardados en ese sitio al que me voy para recuperar fuerzas cuando las cosas se tuercen hasta la dislocación.

Más de una vez los he leído en público y más de dos los he leído en voz alta en mi intimidad más íntima, cuando fuera caen chuzos de punta.

Respecto a la historia del poeta en relación a estos versos, no es larga, apenas unas pocas palabras que figuran al pie del poema en la edición del libro que mencionaba antes (el cual es el tomo I de las obras completas de Gabriel y Galán que fue impreso en 1927).

Estas dicen que fue «La última que escribió el autor, pocos días después de la muerte de su padre, y pocos también antes de la suya propia».

Qué habrá de cierto en esto, lo ignoro. No he conseguido encontrar confirmación sobre ello, pero reconozco que tampoco he buscado mucho.

Gabriel y Galán murió, según Wikipedia, «probablemente a consecuencia de una apendicitis aguda». En cualquier caso, no deja de ser un toque triste para un poema lleno de esperanza y de energía vital, pero quizá es que así es como tienen que ser las cosas.

Y ahora sí, sin más, te dejo con el poema.

Canción

por José María Gabriel y Galán

No piense nunca el lloroso
que este cantar dolorido
es un capricho tejido
por la musa de un dichoso.
No piense que es armonioso
juego de un estro liviano;
piense que yo no profano,
ni con mentiras sonoras,
las penas desgarradoras
del corazón de un hermano.

Una canción de dolores
me piden mis padeceres,
tal como ayer mis quereres
pidieron cantos de amores;
que así como son mayores
si se cantan los contentos,
así los tristes acentos
de las trovas doloridas,
si no curan las heridas,
amansan los sufrimientos.

Mis penas son tan vulgares…
como esas espinas duras
que erizan las espesuras
de todos los espinares.
Más hondas son que los mares…
más hondas y más sombrías
que un horizonte sin días,
pues no hay abismo tan hondo
como el abismo sin fondo
de unas entrañas vacías.

Dios me las hizo de fuego…
¿Por qué no les dió dureza
si quiso su fortaleza
probar golpe a golpe luego?
¿Por qué enriqueció con riego
de sementera de amores
huerto que sabe dar flores,
si luego les manda días
de matadoras sequías
Y vientos asoladores?

¡Ay! Al llegar a las puertas
de la tarde de mi vida,
voz de los cielos venida
me ha dicho: —¡Ya están abiertas!
¡Entra y no conviertas
la mente a tiempos mejores
que en vez de aquellos amores
de santidades pristinas
verás las desiertas ruinas
del solar de tus mayores!

—¡Mejor es cegar, Dios mío!
¡Mejor es ir paso a paso
cayendo hacia el propio ocaso
solo, con pena y con frío!
¡Mejor es ir al vacío
que a ruinas y sepulturas!
¡Mejores son las negruras
de la noche más sombría,
que las negruras del día,
que son dos veces obscuras!

Así, loco de dolor,
dije con vil vocecilla…
¡Esto que tengo de arcilla
fue quien lo dijo, Señor!
Pero esto que es resplandor
de ti, venido hasta mí,
cuando tu rayo sentí
bien sabes tú que te dijo:
«¡Señor! La frente del hijo
tienes rendida ante ti!

Con solo llorar mi suerte,
con solo dejar abierta
de tal herida la puerta,
muriera de triste muerte.
Mas, hijo yo del Dios fuerte,
me he resignado a vivir,
y voy dejándome ir
sobre el polvo de la senda
caminando a media rienda
por el campo del sentir.

Porque si rindo la frente
sobre las manos crispadas,
si hacia las ruinas sagradas
dejo que vaya la mente,
si de mi llanto el torrente
dejo que anegue mi vida,
si abriese más esta herida
que en lumbre de fiebres arde,
viviera como un cobarde,
muriera como un suicida.

¡Quiero vivir! Las dulzuras
de los gozados placeres,
con hieles de padeceres,
se tornan del todo puras.
Visión de mis desventuras:
¡Yo no te cierro mis ojos!
Camino de los abrojos:
¡Yo no me cubro las plantas!
Cruz que mis hombros quebrantas:
¡Yo te acepto sin enojos!

¡Quiero vivir! Dios es vida
¿No veis que en vida convierte
la ancianidad que en la muerte
Cayó con dulce caída?
¿No soy yo vida nacida
de vidas que a mí se dieran?
Pues vidas que en mi se unieran,
si vivo, no han de morir,
¡Por eso quiero vivir,
porque mis muertos no mueran!

¡Y no morirán conmigo,
que el huerto de mis amores
está rebosando flores
que pinta Dios y yo abrigo!
¡Y atrás el cierzo enemigo
de esas mis vivas canciones
pues son santos eslabones
de una cadena florida
para corona tejida
del Dios de las creaciones.

¡Quiero vivir! A dios voy
y a Dios no se va muriendo,
se va al Oriente subiendo
por la breve noche de hoy.
De luz y de sombras soy
y quiero darme a las dos.
¡Quiero dejar de mí en pos
robusta y santa semilla
de esto que tengo de arcilla,
de esto que tengo de Dios!


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