Cuentos y microcuentos

Para poder dormir [cuento]


—Nunca confiaste en mí, ¿verdad mamá?

Frente a él, la anciana atada a la silla sólo podía mover la cabeza e intentar gritar a través de la mordaza que tenía en la boca.

—Nada de lo que hacía era suficiente para ti. Desde pequeño, me tenías por tonto, a pesar de que trajese las mejores notas de la clase.

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El hombre paseaba frente a ella con el cuchillo carnicero en la mano, moviéndolo al mismo tiempo que gesticulaba.

—Y luego en la universidad… Cuando estaba a punto de terminar la carrera, me convenciste para que la dejase sólo para criticarme después por no poder encontrar trabajo y, lo peor, por haberte hecho caso.

Se paró sobre un charco. Aquel sótano era frío y húmedo.

—Pero, cuando te pusiste enferma, ¿quién consiguió el dinero para las medicinas? ¿Quién te llevó al hospital para que te tratasen? ¡Y nunca ni un puto “gracias”! Solo reproches, y más reproches…

La anciana movía la cabeza de lado a lado cuando él se acercaba y le apuntaba amenazante con el cuchillo.

—¡Yo fui quién te pagó este ancianato donde te tratan como una reina! ¡Yo fui quien siguió pagándolo, y con gusto, pensando que por fin me había librado de ti!

El hombre se paró frente a ella y se llevó la mano libre a la cabeza.

—Pero no, tú seguías volviendo por las noches para repetirme tus reproches, para escupirme tus insultos, para seguir gritándome… ¡Y seguirías haciéndolo si no te hubiese tapado tu puta boca! Pero ya no aguanto más. Por eso estoy aquí.

Seguía parado frente a ella, ahora con los dos brazos a los lados del cuerpo. La anciana le miraba a directamente a los ojos, aterrorizada.

—Mamá, sólo quiero decirte que te quiero. Pero necesito dormir. Necesito que dejes de venir todas las noches.

Y, levantando el brazo, dejó caer el cuchillo en la frente de la anciana. Con esfuerzo, lo sacó y volvió a dejarlo caer, una y otra vez, más rápido y con más fuerza en cada ocasión hasta que quedó empapado de sangre.

Cuando por fin volvió en sí, miró al cuerpo destrozado que yacía sobre la silla. Se sentó en el suelo y siguió mirándola. Entonces, emitiendo un resoplido por un lado de la boca y enarcando las cejas, se levantó, desató el cuerpo y lo arrastró a donde estaban los otros, bajo un montón de cartones. Después, fue a un rincón y cogió una toalla para limpiarse. Luego sacó una bolsa de basura y, desnudándose, se puso la ropa que había dentro de ella, donde metió la que estaba manchada de sangre.

Salió por una pequeña puerta que daba al jardín trasero de la residencia. Necesitaba dormir y ahora podría hacerlo.

Pero para continuar haciéndolo, tendría que volver a la noche siguiente al ancianato.

Y volver a callar a mamá.

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