Este relato pertenece a mi libro “Retratos de mujer”, que puedes descargar gratis aquí.
Llegaste hasta mí en edad provecta, pero sin que tu cuerpo hubiese sido estragado en demasía por el tiempo. ¿Quién podría decir tu edad? Blasfema palabra, pues los años, convertidos en cifras, destronan implacablemente los lozanos abriles que muestra tu figura, sustituyéndolos por un falso marchitamiento especulativo, inexistente como muestran tus pétalos abiertos en flor. ¡Y ni esto convencería a aquellos que juzgan por las apariencias! ¿Marchita? ¿Marchita tú? ¡Ni todas las edades de todos los tiempos podrían marchitarte!
 
Cierto, tus pechos ya no tienen la consistencia de antes. No son ahora mieles frescas, gallardas en su nubilidad. Son ahora barricas de vino añejo, de temple estoico y veterano, de sabiduría concupiscente. No caen, se tumban. No se rinden, descansan. No han sido vencidos, sino que aguardan el combate con la paciencia que dan los años. Ahora, en lugar de exhibirse valerosamente, mostrando su palmito pendenciero, reposan estratégicamente, utilizando la sutileza en lugar de la exhibición para provocar.
 
Cierto, tu piel ya no es lisa, ya no es tersa. Los otoños han ido cubriendo con surcos la tierra que florecieron en tus primaveras. Tu piel se pliega, como tratando de huir del paso inexorable del calendario. Sin embargo, tú afrontas su avance implacable con dignidad, sabedora de los muchos placeres que aún encierras en tu interior.
 
Cierto, tu cintura se ha poblado de montes, y tus nalgas se han dejado vencer por la gravedad. Pero es igual de cierto que tus piernas aún te mantienen en pie, irresolutas, dispuestas a ser juzgadas despiadadamente. Y tú, inmune a esos juicios, sigues adelante, devorando con la mirada jugosos platos de juventud y lozanía. Sin que nada te detenga, afirmándote a cada paso como mujer, como fémina, como voluptuoso exponente de la sensualidad.
 
Y fue así que te presentaste ante mí. Apenas recuerdo quienes y lo que nos rodaba. Desde un primer momento, mis ojos se posaron en ti para no despegarse en toda la noche. ¡Oh, infausta, terrible noche! ¿Por qué no detuviste tus ojos en mí? ¿Por qué no reparaste si quiera en mi presencia? Tú, que eras el centro de toda mi atención; tú, que en tus curvas exploraba mi mirada; tú, que arrebataste mi presencia de todo aquello ajeno a ti… ¿Qué fui yo para ti entonces, más que un minúsculo insecto que revoloteaba de forma molesta a tu alrededor? “Hola” y “Adiós”: las únicas palabras que salieron de tus labios hacia mí. Pero, a pesar de que me usaste como felpudo sobre el que sacudir el polvo de la indiferencia que creías despertar, a pesar de que me usaste como carnada, como ejemplo de la manera en que había que reverenciarte, no quedó rencor alguno en mi alma que hubiese impedido seguir tus pasos.
 
Pasaron los días y mi diario se convirtió en poemas, convirtiéndote en musa. Cantaba a tu indiferencia, a tu belleza. Cantaba a tu edad y tu turgencia. Cantaba lírico y cantaba obsceno. Cantaba por ti, para ti, contigo y sin ti. Mi alma moría cada día, deshojándose en versos vacuos, que pretendían cabalgar por el silencio, a través de la distancia, para llegar hasta ti.
 
Pero tras tal abatimiento, vino la tormenta. ¡No! ¡Yo no merecía sufrir así! ¡Yo no merecía permanecer inerte ante tu doloroso recuerdo! ¡Tú no tenías derecho a maltratarme de esa forma, aunque fuese inconscientemente! ¡Yo no era una mosca, era un hombre! Y como hombre me iba a probar ante ti.
 
Exageraba, sé que exageraba. Mi indignación era tan sólo contra un fantasma que había creado en mi mente. Pero fue eso lo que me impulsó a rastrearte, a convertirme en sabueso de tu olor, buscándote por todas partes, hasta donde no estabas y donde nunca estarías.
 
Por fin, cuando te encontré, apenas te acordabas de mí. ¡Yo, que te había estado adorando durante todas y cada una de las noches que pasaron desde nuestro primer encuentro! ¡Yo, que suspiraba por ti en la luz y en la oscuridad! Había sido menos que una molestia: había sido una insignificancia. No había existido para ti salvo como un mero formulismo, una conveniencia más de la fiesta. Y yo, frente a ti, que había rogado porque no fuese así, me estrellaba contra la sospecha encarnada en pétrea certidumbre.
 
Mas tal era mi obstinación, que no abdiqué en aquellos momentos de mi propósito. Conteniendo mis impulsivos arrebatos de poseerte allí mismo, de no sé que parte concreta de mí logré sacar la impasibilidad suficiente como para encararme a la situación con sutileza. Entre líneas, te propuse que fueses mía. Difusamente, te expliqué que quería acariciar tu cuerpo con la misma suavidad con que los años habían pasado por él. Veladamente, te hablé de nuestros cuerpos sudorosos encontrándose apasionadamente en la oscuridad. Y tú… ¿Qué fue? ¿Capricho, debilidad momentánea? ¿Una gran y bien orquestada mentira tu indiferencia manifiesta? No lo sé, nunca me lo dijiste. Pero aceptaste.
 
Y ahora, ¿para qué seguir emborronando hojas para tratar de describir lo que ocurrió? ¿Hay forma exacta de retratar un fragmento de eternidad? Nina, ¡oh, Nina! Todavía vengo sintiendo la tibieza de tu piel contra la mía; todavía sigo viéndote en obscenas posturas, inverosímiles para un púber como yo; aún siento en mi boca el sabor de tus destilaciones, del asfalto derretido que dimanaba de tu placer; noto en mi lengua el duro pezón que introdujiste en mi boca para que yo, fingido pero hambriento lactante, tratase infructuosamente de alimentarme con el contenido de tus ubres… ¡Oh, Nina! Mi miembro vibra aún recordando la estrechez inaudita de tus paredes, el calor de tu abrigo, el roce acelerado de tu íntima pasión.
 
Oh, Nina. Has quedado ya lejos en el pasado, primera concupiscencia de ingenuo adolescente. Pero en las noches, en todas las noches, vienes sigilosamente hasta mí, me desenvuelves del torbellino de sabanas en las que aún guardo tu perfume, y me invitas a albergarme en tu húmeda y esponjosa bóveda entre tus piernas.
 
¡Quién pudiese sacarte de la tumba!

0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *