Desde que inventaron el café instantáneo, nada ha vuelto a ser lo mismo. No es que tenga nada en contra de este tipo de café: lo consumo a diario, pero el café instantáneo forma parte de una legión de elementos de preparación y consumo rápido que se ha tomado por asalto nuestras vidas.

Hoy día, todo tiene que ser rápido, inmediato, casi instantáneo. Estamos todavía lejos de esas maquinitas de ciencia ficción capaces de prepararnos, con pulsar un botón, un pollo asado, por decir algo. Sin embargo, esa máquina es el modelo imperante hacia el cual nos dirigimos. Comida rápida, cursos acelerados, banda ancha… Muchas de las innovaciones en este sentido son muy útiles y, como Bukowski, estoy a favor de la comodidad. Sin embargo, todo tiene su reverso oscuro, su yang, su contrapartida tenebrosa.

El hecho de tener a nuestra disposición tantas cosas instantáneas nos ha sumergido en una vorágine de aceleramiento continuo. Ahora, se nos hace insoportable la espera para cualquier cosa. La lentitud se ha convertido en un error, en un fallo, en un problema del sistema. El problema no es que haya cosas instantáneas, sino que queremos que todo lo sea cuando hay algunas que deben cocerse a fuego lento.

Tenemos ejemplos por todas partes: programas de televisión que prometen convertirte inmediatamente en estrella, aunque sea fugaz; librerías abarrotadas de textos con los pasos que conducen a un éxito monetario o social rápido y desproblematizado, o como mínimo un atajo hasta el nirvana; manuales para alcanzar el orgasmo en poco tiempo…

Nuestro problema, como siempre, es que no sabemos circunscribir las cosas a su contexto. Queremos construir una autopista hacia todo. Engullimos la comida sin saborearla, sobre todo la rápida que no merece serlo. Ya no son válidos los caminos, sólo los atajos. Argüimos que la vida moderna es la culpable y con eso nos eximimos de culpa.

Como lectores, cuando sucede una noticia relevante, acudimos a aquel blog que ha estado más cerca de los hechos y que, sobre todo, ha podido convertirlo en palabras coherentes con más rapidez. Igualmente, buscamos en la televisión el canal que se encarga de cubrir los eventos antes que el resto. No sólo necesitamos saber: necesitamos hacerlo YA.

Lo peor de todo esto es que exigimos la misma velocidad al análisis, algo que es completamente incoherente. Un análisis oportuno se hace desde la calma, desde la serenidad. Sin embargo, no faltan quienes proveen este análisis supuestamente certero con la inmediatez de un SMS. Y el público se apresta a devorarlo y engullirlo, asumiendo que fue cocinado con esmero y al ritmo adecuado, cuando en realidad fue hecho en el microondas.

Estos análisis apresurados, en una época que no da tregua para repensar las cosas, terminan siendo empacados y puestos en el supermercado de las ideas para ser reutilizados una y otra vez. Y ahí está el peor de los males. Se da por sentado que aquel análisis fue válido y nadie se toma la molestia de reevaluarlo. En muchas ocasiones, no pasa nada. O, por lo menos, no pasaba.

Hoy, Internet es el gran registro con el que muchos habían soñado. Los hechos quedan registrados allí para siempre (o en eso estamos esperanzados). Pero también quedan las interpretaciones de los hechos. Si alguien a quien le concedemos una cierta autoridad en un tema expone un análisis apresurado de una situación, aunque quede momentaneamente en el olvido, puede ser que algún día alguien se base en ese análisis para juzgar una nueva situación. De esta manera, se irán acumulando errores hasta quién sabe qué momento desastroso.

Aquí, en Ecuador, aparece en la televisión una señora vinculada con el partido en el gobierno a la que, durante las últimas elecciones, en los programas le ponían el título de “forajida”, sencillamente porque estuvo en las movilizaciones que se dieron en el 2005 en contra de Lucio Gutierrez. La elección de este término, persuntamente descriptivo, me parece erronea. Induce a pensar que esta señora (Gallegos, creo que se apellida) formaba parte de la organización que indujo o promovió esas movilizaciones. Y no fue así. Las movilizaciones fueron autoconvocadas, a pesar del protagonismo que tuvo la radio “La luna” en todos los acontecimientos.

En el momento de aquellas movilizaciones, y sobre todo en los días posteriores, se emitieron innumerables juicios acerca de lo sucedido. Ninguno se hizo con perspectiva, y todos parecen haber cuajado, por lo menos entre los media. Aparecieron incluso libros, no sólo relatando los hechos, sino juzgándolos y sentenciándolos.

Después de haber leído el libro “11M: redes para ganar una guerra”, de David de Ugarte (lo siento, no tengo a mano el vínculo para descargar directamente el libro), me encuadro más en que lo que ocurrió fue algo muy similar a lo sucedido el 13 de marzo del 2004 en España. Sin embargo, los juicios apresurados que se emitieron en su momento han calado tan hondo que han impedido que se realicen nuevas aproximaciones sobre el tema. Esto impide que se le haga conocer al público el fenómeno de las redes, y que se les haga tener consciencia del increíble poder que reside en su celular y en Internet. Desconozco si alguien con mayor conocimiento que yo ha abordado lo que sucedió desde el enfoque de las redes, pero temo que las voces que me gustaría poder oír hablando de esa manera acerca del tema también han sido absorbidas por el ya cuajado análisis apresurado.

He ahí el fruto de las prisas cuando no hay que tenerlas. He ahí el licor obtenido cuando no se deja fermentar su debido tiempo. Quizás deberíamos aprender a cultivar la paciencia y de vez en cuando tratar de asentarnos un rato en el fondo de este río que nos lleva.

Categorías: Varios

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