—Siempre soñé estar con una mujer como tú.
 
—¿Ah, sí? —respondió ella, más que acostumbrada a ese tipo de comentarios.
 
Estaban desnudos, metidos en la cama. Él pasaba su brazo alrededor por sus hombros en plan «macho protector» o «esto es mío». Ella se dejaba hacer. Para lo acostumbrado, no había estado mal.
 
—Había llegado a pensar que eras homosexual —le dijo.
 
—¡Cómo! —dijo él, sorprendido y algo ofendido— ¿Y por qué razón?
 
—Llevo haciéndome la encontradiza durante semanas, y tú ni caso.
 
—He estado muy liado últimamente.
 
—Y tanto. He tenido que ponerme frente a ti, sentada con las piernas abiertas y sin bragas, para que me hicieses caso.
 
Él asumió el reproche, ocupando diplomáticamente su boca con el cigarrillo que tenía en su mano libre.
 
Silencio. Él miraba al techo.
 
—¿Te gustó? —dijo él por fin.
 
—¿El qué?
 
—Bueno, pues… esto.
 
—¿Esto qué?
 
—Lo que acabamos de hacer.
 
—¡Ah, eso! Sí, sí. Muy bueno. Muy rico.
 
Silencio de nuevo.
 
Ahora fue ella quien lo rompió.
 
—¿Y qué? ¿Se te ocurre algo?
 
—¿Sobre qué?
 
—No sé… Algo sobre algo.
 
—Pues no.
 
—Oh.
 
Él apagó el cigarrillo en el cenicero que tenía sobre el pecho.
 
—¿Se me tendría que ocurrir algo sobre algo? —dijo.
 
—Se supone.
 
—Es que así, de pronto…
 
Ella se levantó y empezó a buscar su ropa.
 
—Mira, esto no funciona —le dijo—. Mejor me voy, a ver si así…
 
Él estaba desconcertado.
 
—Eres una chica muy extraña, ¿sabes?
 
—Mejor será que te pongas a trabajar antes de que lo eches a perder —dijo ella mientras se abrochaba el sostén.
 
—¿A estas horas? Bastante jaleo he tenido hoy en la oficina con los libros.
 
—Pues más razón para que te pongas a ello ahora —y se embutió en el ajustado pantalón.
 
—Hasta que no lleguen los putos balances de Martínez…
 
Ella se quedó petrificada mientras se subía la cremallera, forzándola más allá de toda resistencia.
 
—¿Balances?
 
—Sí. Ese hijoputa de Martínez lleva…
 
—¿De qué clase de libros estamos hablando?
 
Ahora él sí que se había perdido. Por un segundo había pensado que por fin la conversación se desarrollaba en el mismo planeta.
 
—De libros de contabilidad.
 
—¿Es que no eres escritor? —dijo ella, alarmada, dejando caer la blusa que estaba a punto de ponerse.
 
—No. Soy contable.
 
—¡¡¡Mierda!!! —gritó ella— ¡Me volví a equivocar!
 
Y ante los ojos incrédulos de él, la musa se desvaneció entre una nube de brillantina que quedó difuminándose en el aire de la habitación, mientras dejaba como todo rastro la blusa que sostenía entre las manos.
 
Él la recogió del suelo y se la llevó a la cara. Olía a su perfume.
 
Entonces el contable tuvo una idea de algo sobre algo y sintió unas ganas irreprimibles de escribir un cuento.

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