¿En qué consiste este blog con exactitud? Ya dije que iba a ser mi campo de entrenamiento, de rodaje. Me fijé como meta escribir todos los días, de lunes a viernes (en realidad, de domingo a jueves) un texto para colocarlo aquí. Me parece que es una excelente gimnasia mental. Todos los días de la semana me tengo que preocupar por encontrar algo digno de ser mencionado, algo sobre lo que hablar. Esto te esfuerza a escudriñar todo, a pensar como podrías tratar un determinado tema, acontecimiento o suceso de una manera que a tí mismo te gustaría escuchar… o por lo menos, la manera en la que te gustaría ser escuchado.

Me he dado cuenta de que cuando trato de ser muy serio, cuando trato de adquirir un tono editorialista, por así decirlo, no me sale. No sé, como que me veo falso. Es como si me pusiese un pantalón que me viene grande o una camiseta que me queda chica. Y lo que es más, me duele al escribir. No consigo fluir. No me divierto.

Creo que se trata sobre todo de esto último: que no me divierto. Para escribir, uno tiene que divertirse. Claro que, como muchas otras cosas, se puede hacer sin diversión. Se puede hacer sin que te duela despegar las manos del teclado, sin que superes a fuerza de voluntad la miopía que ya te hace doler la cabeza frente al monitor. Pero no es lo mismo.

Es como… dar clases. Y hablo de mi ejemplo más cercano. Excepto en los momentos bajos, lo disfruto. Me gusta. Siento que necesito mejorar algunas cosas, pero creo que en la mayoría de los momentos logro superar mis carencias con mi entusiasmo. Hay días que son fantásticos, que dar clases es como dejarse caer como un tobogán, disfrutando del viento en la cara, de la velocidad, de la sensación de vértigo, sabiendo que al final del día vas a caer sobre seguro. Otros son nefastos. No tienes ni la más mínima gana de currar. Te da pereza enfrentarte a la muchachada, intentar motivarles, hacerles prestar atención. Pero tanto unos como otros son los menos. Los más son los normales, aquellos en los que cumples tu trabajo, te sientes mínimamente satisfecho por haber cumplido con tu deber y tras la jornada pasas a otra cosa. Ahora, ¿qué ocurriría si pudieses dar clases solamente cuando tú quisieras, cuando encontrases un pasaje de un libro que podría ser interesante para tus alumnos o que simplemente quisieras compartir con ellos? Te saldría del corazón cada una de tus palabras. Discutirías, polemizarías, alabarías y denostarías. Y al final, te lo habrías pasado muy bien. Pero que muy bien. Te habrías divertido.

Este es el tercer intento para un post en el día en que escribo esto, y no consigo que las palabras indicadas salgan de mi cabeza como yo quisiera. He estado rebotando del sofá a la silla frente a la computadora y viceversa. Y todo lo que salía no me dejaba satisfecho.

Y ahora… Ahora he escrito una parrafada (ver más arriba) que me ha salido de dentro. No tiene mucha conexión con lo que decía en un principio, pero me he sentido más vivo al decirlo que cuando intentaba anteriormente hilar ideas inconexas para formar algo coherente. Me he divertido.

Ya que me he propuesto hacer este ejercicio, no se trata de hacerlo sufriendo, sino divirtiéndome. Porque la diversión es parte inherente de escribir. Cuando lo haces sintiendo lo que dices, el sufrimiento que puede acarrear colocar una palabra tras otra para formar algo que tenga un poco de sentido, se convierte en un placer.

– ¿Qué hemos aprendido el día de hoy? – dice el padre de familia acomodada norteamericana en su sitcom moralista de humor pacato y descafeinado.

– Cuando escribas, diviértete.

Categorías: Varios

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