Este es otro texto sacado del baúl virtual donde están las cosas que tal vez no deberían nunca ver la luz. Pero como últimamente ando en modo imprudente, pues aquí esta. Es un texto que tiene tanto de victimista como de reproche personal. Mucho ha llovido desde entonces, y debo decir que he terminado por buscar otros caminos para conseguir el mismo objetivo (por fortuna para mi salud). Pero sirva esto como testimonio de alguien que fui en algún momento, aunque solo fuese durante un par de días. Ni que decir tiene que la recomendación final no es nada recomendable y tiene mucho de final. Pero lo digo por si acaso.

Supongo que ha de parecer más fácil de lo que es en realidad. Bueno, lo cierto es al contrario. Parece más difícil de lo que es. Todo se reduce a sentarse y escribir. Nada más. Cualquiera que diga lo contrario, miente.

Obviamente, no todo lo que se escribe es bueno. Pero se trata de hacerlo y ya está. Eso de la idea preconcebida es una ayuda, eso de tener un encargo, una fecha límite, un compromiso, etc. no son más que ayudas. Escribir, como casi todo en la vida, tan sólo se reduce a hacerlo.

Yo soy de los que se pasan la vida luchando contra sí mismo para poder escribir una línea. ¡Oh! Ideas no me faltan, para que negarlo (ni por modestia). Pero valor para transcribirlas, para darles forma… Eso me es esquivo, muy muy esquivo. Y soy yo mismo el que me inmovilizo.

Hace poco me llegó muy cerca una escena de una película, «Adaptation». El protagonista (el guionista Charlie Kauffman, interpretado por Nicholas Cage) se dispone a escribir un guión. No a retomarlo, sino a partir de cero. Escribe una línea, creo que línea y media. Entonces, necesita un café. Unas líneas más, y piensa que el café podría estar acompañado por un dulce. Unas cuantas más y se da cuenta de que lo mejor es que el dulce fuese de una pastelería determinada, la cual, de seguro, queda lejos de su casa.

Algo similar me pasa a mí. Pero yo no llego ni a la silla, no digamos al teclado. En cuanto tengo el deseo de escribir (y fíjese el agudo lector en que digo «deseo», no obligación, ni compromiso) otros muchos, igual de perentorios, hacen su aparición. Es como si al lanzar al estanque de la motivación la pequeña piedrecita de la escritura, a ella fuesen atadas otras más que terminan produciendo una avalancha. El resultado es el desbordamiento del estanque, quedando así un lecho rocoso vacío de agua.

He comenzado a elaborar algunas estrategias para vencerme a mí mismo que parecen ir dando poco a poco resultado. La que mejor ha funcionado hasta el momento es la del tabaco. Yo soy de los que no puede escribir sin ir fumando un cigarrillo tras otro. Incluso me jacto de ello. Como si fuese una gran virtud comprar todos los boletos para el sorteo de un enfisema pulmonar. Debe de ser que la escritura gana si es que hay sufrimiento de por medio. Fantástica fórmula para alcanzar el olimpo literario. ¿Será por eso que tantos escritores fumamos? Si no nos dan crédito por nuestros textos, al menos lo harán por nuestro cáncer. Seguro que a García Márquez no le pasa esto.

Creo que divago, pero esa es la gracia de este texto, ¿no? Pues el asunto estriba en que, para evitarme esa angustia que produce ponerse a escribir y, en la segunda sílaba, descubrir que la cajetilla de tabaco está a la mitad, decidí comprármelas de tres en tres. Fumo más, sí, pero también escribo más. Deduzco entonces que existe una proporción equilibrada entre la cantidad de alquitrán encharcando mis pulmones y el número de palabras que llevo en mi haber, de manera que al acabar de escribir me quedo a medio camino entre la preocupación hipocondriaca y la satisfacción post-coitum.

Luego está el asunto del hambre. Me decidí a no escribir con el estómago vacío. Dada mi incapacidad para la cocina, esto representa una decisión muy importante para mí. Comer significa salir de la casa. Salir de la casa significa extraviarse por esos mundos de Dios, alejándose más y más de la hoja en blanco. Además, cuando uno quiere escribir y tiene hambre, suele existir la tendencia a elegir el restaurante más alejado de la casa. Por lo tanto, me aprendí que primero es comer, después escribir.

Y, para evitar la somnolencia, tras la comida el infaltable cafetazo. Sí, yo necesito un cafetazo o una docena de cafecitos. He de evitar a toda costa caer en el ruin pero delicioso vicio de la siesta. ¿Han probado a escribir después de una siesta? Es fantástico, sobre todo si se quiere escribir algo ininteligible. Además, despertarse a horas de la tarde causa un efecto terrible en mi persona. La culpa se entremezcla con el sueño y me cargo una mala hostia de agárrate y no te menees. Por lo tanto, asignatura obligada es el café. ¡Dios bendiga a los creadores del café instantáneo y el microondas! Que no hay nada peor que esperar a que la cafetera caliente el agua y el café se filtre mientras uno se cae de sueño. ¡Un hurra por esta civilización inmediatista y acelerada en la que nos ha tocado vivir! Si yo hubiese tenido que recurrir a la cafetera y a tener que liar yo mismo mis cigarrillos, no habría escrito ni dos líneas seguidas.

Estas estrategias han dado hasta ahora un resultado positivo, aun en detrimento de mi salud. A pesar del serio riesgo de verme confinado en un pulmón de acero, de un revolución incontrolada de mi colesterol y de todos mis vicios en conjunto tomando el poder por asalto de infarto, sigo llenando más y más bytes de tonterías con las que tratar de hacerme sitio, algún día, entre otras estupideces más grandes y mejores que las mías.

Pruébelo, incipiente escritor. Parece que disminuir la esperanza de vida da excelentes resultados en la literatura.


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