YO
¡Rápido! ¿Qué hora es?

MI OTRO YO
Las diez y media de la noche.

YO 
¡Perfecto! Tengo tiempo.

MI OTRO YO
No. Mira, en otros sitios…

YO
¡En otros sitios siempre será mañana! O casi.

MI OTRO YO
A mí no me convences. Y es a quien debes convencer.

YO
No, me debo convencer a mí mismo.

MI OTRO YO
Esto empieza a ser confuso.

YO
Y que lo digas.

Y es con esta tontería como comienza la selección de enlaces de esta semana, llegando por los pelos. Yo la entrego un domingo por la noche y tú la leerás… pues cuando más te convenga.

Ah, y ya sabes: todos los enlaces que aparecen en esta sección se encuentran recopilados en mis revistas de Flipboard OMA Readings y Escribiduría por si te apetece bucear en ellos.

Dicho todo esto, vamos con los enlaces:

“Pero esa es la tarea de un editor”, dicen algunos, “uno no puede ser su propio crítico“. Ja, que no puedes, claro que puedes, puedes ser y debes ser tu peor crítico. El editor tiene su tarea y será intentar corregir lo que tú no ves por la ceguera inevitable y luego tirar de la obra para hacerla más a su gusto. Pero uno tiene un enorme margen de maniobra para corregirse y hacerse lo mejor que pueda, según su entendimiento del arte de escribir y las aspiraciones que tenga. Que sea doloroso, o que sea más fácil no mirar mucho es otra cosa, pero no ésta.

A mí lo de las quejas siempre me resulta contradictorio. Por un lado, me enfado cuando encuentro determinados errores en los libros. Pero luego recuerdo cómo escribía yo hace un par de años (y recordaré dentro de otro par de años cómo escribo ahora) y seguro que he caído en muchos de esos mismos errores. Si un libro tiene demasiados fallos como para soportarlo, simplemente lo dejo. Y sí, soy una lectora muy exigente. Considero que un autor tiene que tener unas nociones básicas de sintaxis, por ejemplo, para que no me den ganas de arrancarme los ojos. (…) Estas son diez razones por las que mis contactos lectores y yo nos podríamos pensar lo de la defenestración, ordenadas de menor a mayor gravedad (o de menor a mayor consenso)

Ni todos somos iguales, ni todos comprendemos el mundo de la misma forma. Y todos cometemos errores, o decimos una frase en un contexto, o sin contexto porque nos estábamos burlando de alguien por su condición sexual, social, de raza o que se yo que más puede existir. Pero a las redes sociales poco le importa si lo que esta persona dijo tiene un contexto, es un chiste dirigido a su mejor amigo homosexual porque la confianza lo permite y era ironía y no una declaración de principios fundamentales de un partido político. No importa si es primera vez que lo dice, si aún esta persona no ha vivido lo suficiente para darse cuenta que la mayoría de los prejuicios tienen una base vacía. Hay que quemarlo en la hoguera. Hay que quemarlo en la hoguera. Fin.

En las bodegas de libros viejos de la ciudad, lo que más hay son viejos textos escolares. La Anatomía de Villé, viejas ediciones de Álgebras de Baldor y subrayados, manchados y rotos ejemplares de literatura ecuatoriana de colecciones como Ariel abundan. También pueblan las desordenadas estanterías libros de administración, contabilidad y noventeros manuales para aprender a manejar distintos tipos de software. No faltan un puñado de revistas viejas. El factor común es el deterioro en que se encuentra todo. Tal vez sea el clima. Tal vez sea el desdén.

A primera vista esta apuesta por valores y emociones positivas parece aportar un soplo de aire fresco al depresivo ambiente de las patologías mentales, un cambio de enfoque más esperanzador para relativizar la negatividad asociada al trabajo en psicología y su particular pathos —o impulso de muerte, que dicen los psicoanalistas—. Ahora bien, solo a primera vista; la psicología positiva tiene un «reverso tenebroso», una carga de profundidad oculta bastante problemática y potencialmente peligrosa relacionada con aquello que no tiene en cuenta. Además, ni siquiera aporta nada nuevo ni original a la psicología. Pero para poder desgranar estos aspectos será más sencillo empezar por la gestación de la criatura.

También es posible que durante todo nuestro camino musical se hayan colado algunas canciones o discos de artistas que no tienen nada que ver con nuestros gustos establecidos y que debido a su popularidad se nos hace difícil la tarea de ignorar lo pegajosas y estimulantes que podrían llegar a ser. Es decir, es casi imposible seguir una linealidad musical en cuanto a gustos se refiere, sobretodo siendo nuestra percepción tan sensible a las obras “pop”.

Reflexionando sobre ese curioso aspecto de la creación artística, que reporta a individuos aparentemente ajenos a la misma una determinada responsabilidad (positiva o negativa) sobre su existencia, me vino a la memoria otra anécdota, aún más remota, que me ocurrió al respecto con Loquillo, entonces — como todos nosotros — un principiante en el mundo de la música.

En la ficción puede considerase excusable, pero más grave es cuando lo hacemos con otros países y regiones, cuando recurrimos a una especie de esencialismo primitivo, considerando que sólo ciertas facetas del lugar son representativas y excluimos lo que no nos encaja. Lo hacemos mucho con China y Japón, que no sólo tendemos a considerar culturas monolíticas, sino que además tratamos como territorios lejanos donde suceden cosas extrañas que no podemos entender (y por tanto, cualquier noticia “rara” situada en uno de esos países nos resulta automáticamente creíble sea verdad o no). Otro ejemplo es nuestra tendencia a considerar que lo que pasa en España no pasa en otros países de nuestro entorno, como si el resto de Europa viviese en la utopía.

Son dos reglas sencillas. Pero voy a empezar por la segunda: saber dejar de leer. En serio, si un libro no te gusta es legítimo dejar de leerlo. Lo puedes regalar, abandonar en el banco de un parque o incluso tirarlo a la basura (si el libro es muy malo, lo lógico es tirarlo. ¿Le regalarías a un amigo fruta podrida? ¿Verdad que no? Pues igual). No es obligatorio terminar los libros, por poco que quede para acabar. Un libro tiene que ganarse el tiempo que le dedicas.

Pero olvidémonos del burdo y pirotécnico trailer y centrémonos en los carteles. ¿No os habéis fijado que la mayoría de ellos comparten parametros estéticos parecidos? Unos parámetros cuya prioridad es que te quedes con la copla. Sin embargo hubo un tiempo y un lugar llamado Checoslovaquia (en Polonia, también) donde se dio libertad a los artistas gráficos para confeccionar los carteles cinematográficos más extraordinarios.

El plan detalla una invasión a través de una ruta entre el Duero y el Guadiana, en dirección a Lisboa. Se calculaba que las tropas portuguesas serían unos 20.000 soldados, aunque podrían movilizar a 300.000 en total, pero los españoles continuarían en superioridad. Este habría sido el ataque principal, con dos movimientos de distracción, uno en el norte y otro en el extremo sur.

Si el ser humano tiende a plasmar de forma física sus pensamientos, las ciudades deberían ofrecer un reflejo de esa realidad,. Pero no es así. Mientras que las paredes de los suburbios gritan, las fachadas de los centros urbanos hablan con una voz impostada y sexy. «Hazte con ello». Repiten mensajes estudiados por agencias de publicidad y aprobados por departamentos de marketing. «Compra». Son emplazamientos privados en espacios públicos, una pausa para consejos publicitarios en medio del prime time que es tu paseo por el centro. Manuel Alcántara Plá, profesor de Lingüística en la Universidad Autónoma de Madrid y autor del blog Inicios, ha dedicado días a pasear por las calles patrocinadas. Lo ha hecho para colaborar en el estudio Energías semióticas en el espacio urbano. Y la conclusión a la que ha llegado es descorazonadora.

Pese a que el foco siempre se pone sobre la venta y distribución de los discos, el paso de los años ha permitido que al menos un aspecto de la creación, el de la grabación del disco, sea más rentable que en el pasado. Pero, ¿cuánto cuesta hacerlo hoy en día? «Desde cero euros hasta cien millones de euros, tienes todo un abanico de posibilidades, depende de tu presupuesto», responde Nixon.

A esto le sumamos que el modelo Netflix de estrenar todos los episodios de forma simultánea tampoco es perfecto. El pasado día 6 de Marzo Netflix estrenó la comedia Unbreakable Kimmy Schmidt. Mi timeline de Twitter es muy seriéfilo y no había nadie que no estuviera viendo o opinando sobre la serie. La comedia era tan brillante que la gran mayoría de nosotros devoramos la temporada en menos de un fin de semana. La blogosfera seriéfila y los medios especializados se volcaron totalmente con noticias, entrevistas, curiosidades, listas… Una semana después ya apenas nadie hablaba de la serie porque ya lo habíamos visto todo, es decir, las conversaciones alrededor del contenido cesaron. ¿Qué hubiera pasado si la serie se hubiera emitido de forma semanal? ¿El interés por la serie (y el foco puesto en Netflix) hubiera durado 13 semanas y no una?

El veredicto se sustenta en un lógico derecho inalienable de autodeterminación de los usuarios de la red, y supone un varapalo para las compañías que afirmaban estar sufriendo un importante perjuicio económico derivado del uso del software que la compañía ofrece. La conclusión es muy clara: si no quieres ser perjudicado, respeta a tus usuarios en lugar de atacarlos con formatos intrusivos y molestos.

Categorías: Enlaces

0 commentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *