El pantano luna y yo: una pequeña anécdota de mi infancia

El pantano luna y yo: una pequeña anécdota de mi infancia


Como algunos de mi generación, mi primer contacto con Lovecraft fue por medio del juego de rol «La llamada de Cthulhu». Sí, primero vino el juego, y espoleado por el universo que allí se planteaba, como tantos otros me puse a leer a su autor original. Pero lo que yo no sabía entonces es que estaba equivocado. Yo ya había leído antes a Lovecraft. Solo un cuento, pero que me había impresionado vivamente.

Cuando era pequeño, en mi casa había una biblioteca bien surtida. Aunque había cierta variedad en los títulos, a mí no me interesaba mucho su contenido, la verdad (al menos por entonces). Excepto un tomo al que miraba con cierto respeto: una recopilación de cuentos de terror.

Era el típico tomo que parecía pertenecer a alguna colección, a pesar de que no recuerdo que hubiese el resto de volúmenes. Yo era pequeño, insisto. No sé de que edad exacta estamos hablando, pero debía estar alrededor de los 10 años, año arriba, año abajo. Aquello estaba lleno de letras: letras pequeñas y muy juntas. Páginas y páginas de ellas. Y yo a aquella edad, me intimidaba ante semejante panorama. Pero no solamente era eso, sino que también me intimidaba la temática. Me intimidaba y me tentaba. Y un día caí en la tentación.

Leí uno de esos cuentos. Solo uno.

Se llamaba «El pantano luna».

Recuerdo su título con mucha claridad. En dicho tomo, lo habían traducido de esa forma, aunque ahora parece que se puede encontrar como «El pantano de la luna». Más tarde, y hablamos de años, me terminaría leyendo muchos cuentos de ese volumen. Recuerdo especialmente uno acerca de un padre de familia que se metía por la chimenea de su casa y que terminaba muriendo atascado en ella. Ese también me hizo estremecer. Pero me desvío.

Tengo aún viva en la memoria la impresión que me causó. No fue miedo exactamente, aunque lo daba, sino algo así como… fascinación. ¿Sería por la prosa alambicada? ¿Era por la situación en sí misma? No tengo ni idea. Pero se enganchó dentro de mí.

Y la vida siguió. De vez en cuando, lo volvía a leer. Solo ese cuento, ninguno más.

Entonces llegaron las Navidades. Como en muchos colegios, en el mío hacían actividades por las fiestas, justo antes de salir de vacaciones. Por lo general, cada curso hacía un acto en el que participaban muchos alumnos, aunque no todos.

En aquel tiempo, no sé si se seguirá haciendo, durante una parte del año lectivo solíamos estar a cargo del correspondiente profesor o profesora de prácticas. En aquel curso, era una profesora. Siempre eran personas jóvenes que a los niños nos caían mucho mejor que los, para nosotros, vetustos profesores de siempre.

Cuando se aproximaron las vacaciones de navidad, la profesora nos pidió a todos que trajésemos alguna idea para hacer en esas actividades que he mencionado antes. Podía ser cualquier cosa: una coreografía, una obra de teatro, un cuento para escenificarlo…

Una obra de teatro, pensé. Adaptando un cuento. Escenificándolo.

Días después, me presenté en la clase con mi tomo de historias de terror, con un marcador a la altura de «El pantano luna». Lleno de ilusión, pero al mismo tiempo con una sorprendente consciencia de su imposibilidad, se lo presenté a mi profesora de prácticas.

Un par de días más tarde, me devolvió el tomo.

Y me dijo que no.

La memoria es poco fiable, y sobre todo tras tanto tiempo. Lo que yo creo recordar es que ella vino con cara apenada a rechazar mi oferta y que yo simplemente lo comprendí, pero no me entristeció. Sobre todo, porque sabía como eran las cosas: los actos de navidad siempre eran para las niñas, que se encargaban de hacer una coreografía con la canción que estuviese de moda. Seguramente, puse en un brete a la profesora, pues no me cuesta imaginar la cara de ilusión con la que le presente el cuento.

Sabía que iba a ser rechazado. Pero tenía que intentarlo. No por mí, ni por hacer ese año algo diferente, ni por destacar de alguna manera. Tenía que hacerlo por «El pantano luna», porque me parecía un cuento tan destacable que merecía que todos lo conociesen.

Lo curioso de todo es que, a pesar de mi fascinación por el cuento, nunca pude memorizar el nombre del autor. No pude o no me interesó. El cuento me había absorbido tanto que me daba lo mismo quien lo había escrito.

Años después, muchos, descubrí que era de H.P. Lovecraft. Para entonces, ya me había leído algunas antologías de sus cuentos y varias novelas cortas. Pero en ninguna parte me había encontrado con «El pantano luna». Fue una vez, con más conocimiento de causa acerca del mundo de la literatura, que me puse a examinar aquel viejo tomo y descubrí que él era el autor de aquel cuento que tanto me había impresionado de niño. Y en ese momento, no sé, fue como si se cerrase un círculo, como si todo encajase y adquiriese sentido. Pero nunca he sabido cuál exactamente.

IMAGEN: Sound_Man73

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