Mi familia (bueno, mi madre, mi abuela y mi tía-abuela) siempre me dijeron que yo aprendí a leer con Batman y Superman. Como es obvio, no recuerdo si fue así. Pero si lo fue, hasta el día de hoy me dura la afición por el cómic. Pero no es de esto de lo que quiero hablar, pues para ello está mi otro blog, que tengo un poco descuidado últimamente.

Durante mi infancia fui bastante aficionado a los superhéroes. De ahí creo que se me quedó lo que he dado en llamar el “complejo Spiderman”. No, no es que me dedique a subirme por las paredes en mis ratos libres y pegarme unas ostias del copón. Esto merece explicarse.

Los superhéroes, como es sabido, no tienen una vida normal. Están en lo mejor de la fiesta y ¡zas! ocurre algo. Se están tomando una copa y el Dr. Octopus, así como por casualidad, entra a robar en el restaurante donde se encuentra. Porque además, descuidados que son los héroes, se ha metido en el único local que tiene una cocina que funciona a fisión nuclear. O, maldito sincrodestino, se va a morrear con su novia en el parque donde tiene su base el temible villano de turno. O algo por el estilo. El caso es que cuando un superhéroe trata de llevar una vida normal dentro de las viñetas de un tebeo, no hay manera.

De pequeño, tímido yo, cuando me veía atrapado en una fiesta de adultos (las cuales son muy aburridas para un niño, a menos que seas un poco golfo), jugaba a imaginar que vigilaba el lugar por si ocurría alguna desgracia. Y no me refiero a que alguien tuviese una mala caída fruto de la borrachera o que sufriese un infarto. Estaba de guardia por si algún supervillano o una catástrofe natural ocurría y eran necesarios mis diligentes y oportunos servicios.

Como se pueden imaginar, nunca pasaba nada. Tampoco era que lo desease (menudo pájaro de mal agüero con pantalones cortos). Simplemente, me aburría y, para combatir el aburrimiento, jugaba a estar en alerta pues pensaba que en cualquier momento algo saldría mal.

Creo que ese sentimiento de alerta permanente, ese empeño en pensar que algo iba a salir mal, se me ha quedado grabado hasta el día de hoy. Es como si tuviese predeterminado el “no” en mi cabeza, o seleccionadas por defecto las peores opciones de lo que podría ocurrir. Lo he bautizado “complejo Spiderman” porque en las historietas que recuerdo haber leído de este personaje en mi infancia, Peter Parker era el más aquejado de esta desagradable costumbre de no poder terminar el plato que estaba comiendo porque se aparecía el oportuno villano.

Hace un tiempo, un compañero me dijo que él pensaba que las cosas iban a salir siempre mal solamente por pragmatismo: si salían bien, alegría, juerga y cachondeo; si salían mal, no se ha perdido nada, ya lo venía venir. Lo juzgaba como una manera de conjurar al destino. A pesar de que me parecía una manera muy negativa de ver la vida, tuve que admitir que yo lo conjuraba de la misma forma.

Creo que debemos ser muchos los que pensamos de esa manera, igual que tantos que pensamos que eso nos hace mal, nos perjudica, nos enferma. De todas las posibilidades que pueden ocurrir en un determinado hecho, elegir temerse siempre lo peor sin ningún fundamento para ello puede ser un brillante antídoto contra la desilusión. Pero no es bueno. A la larga, creo que carcome el alma y derriba las esperanzas desde los cimientos. ¿Para qué hacer cualquier cosa si ya sabemos que no va a darse como esperamos? Quizás esa sea la razón por la que he comenzado tantas cosas en mi vida y he logrado terminar tan pocas.

Soy consciente de que la lectura de superhéroes en mi infancia me ha producido mucho bien. Me ha dado un basamento moral en el que, al día de hoy, fundamento mis acciones. Sin embargo, si ha habido alguna contraindicación, ha sido la del “complejo Spiderman”.

Categorías: Varios

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