Y volví a caer: he participado un año más en el NaNoWriMo. Y lo he conseguido: con cuatro días de antelación (el 26 de noviembre), he superado la barrera de las 50.000 palabras.

Desde mi primera participación, he pensado que el NaNoWriMo sirve principalmente para aprender cosas sobre uno mismo. Pero a estas alturas del partido entre yo y la resistencia (ver The War of Art de Steven Pressfield) ya no encuentro lecciones, sino reproches. Por ser más concreto, un reproche de mí mismo hacia mí mismo:

—¿Ves como puedes? Has tenido que demostrártelo cinco veces. ¿Cuantas más vas a tener que hacerlo?

—Cinco no, seis. Que en una ocasión me hice un NaNoWriMo personal (lo que sería un PerNoWriMo).

—Mejor me lo pones.

—Pues no voy a esperar más.

—A ver si es verdad.

Y eso me digo yo: «a ver si es verdad» (aunque es cierto que también me lo he dicho yo… Ay, que me lío con las conversaciones interiores. ¿Pero se puede saber cuánta gente hay aquí dentro?).

Pero, ¿a ver si es verdad qué? Pues varias cosas que vienen todas dentro del mismo paquete:

  • Adoptar el hábito de escritura diaria.

  • Terminar lo que empiezo.

  • Editar y publicar (por mi cuenta, as usual)

Por ello, cuando decidí meterme en el NaNoWriMo de este año lo hice con el firme convencimiento de usarlo como pista de despegue para iniciar la construcción del hábito de escritura diaria. He empezado el 2 de noviembre (este año empecé tarde), pero ya no voy a parar. O eso pretendo.

Sobre esto no voy a extenderme más, que luego por la boca muere el pez. Si todo va bien, tendréis noticias mías de una manera u otra. Si va mal, a lo mejor me quejo por Facebook. Nah, ni eso haré, que me conozco: terminaré llorando en un rincón.

Datos y observaciones sobre mi NaNoWriMo 2015

A pesar de que este año lo principal ha sido el reproche, no es cierto que no haya aprendido nada. La mayoría de lo aprendido tiene un sabor amargo, pues sobre todo he constatado la pérdida de ciertas costumbres y prácticas que me funcionaban a la hora de escribir. Por lo tanto, la lección es que debo poner manos a la obra para recuperarlas.

El resto no son cosas nuevas, sino que ya las conocía y he hablado de ellas por aquí (hasta saqué un libro que juro revisar y ampliar en algún momento). Por lo tanto, para no repetirme, lo que voy a hacer en esta ocasión es compartir algunos datos sobre mi experiencia que, aunque no revistan mucha utilidad práctica y tengan un alto componente masturbatorio, me apetece dar a conocer.

El estado de flujo efectivo

También conocido como «entrar en la zona» (creo que lo de «flujo efectivo» lo saqué de un libro de Neal Stephenson). Ya sabéis, ese periodo de concentración extrema en el que te aislas de lo que te rodea y estas sumergido por completo en la tarea que tienes entre manos, en este caso escribir.

Creo que si lo he conseguido, lo he hecho durante breves, muy breves periodos de tiempo. Otra cosa es lo que yo denominaría «fluir». Es decir, cuando tenía claro lo que quería contar y las palabras salían casi solas. En esos momentos, llegaba a alcanzar las 700 palabras por pomodoro; alguna vez, las 800. Cuando no lo tenía claro, bajaba a una cifra entre 300 y 400.

Recuperando las buenas costumbres de la planificación

Tenía clara la historia desde antes de empezar a escribir, aunque de manera muy esquemática: ocurre esto, luego aquello y después lo de más allá. Algunos puntos los conocía con más detalle, otros eran simples esbozos que me hacían pensar: «¿que ahora pasa qué?».

Este año me olvidé de hacer algo que me vino muy bien en la edición anterior en la que participé: durante los descansos entre pomodoros, esquematizar lo que iba a escribir y/o anotar frases sueltas que se me ocurrían para añadirlas después. Sin embargo, en las dos últimas semanas, he esquematizado en un par de ocasiones, en momentos en los que no tenía claro por donde iba a ir el asunto. Ha funcionado como un tiro.

Palabras, palabras y más palabras

Van unos cuantos datos acerca del número de palabras:

  • La «novela» de este año ha tenido en total 50.086 palabras según el conteo oficial de NaNoWriMo. Según el de Scrivener, 50.075. Según el de LibreOffice (he exportado a ODT para desde allí copiar y pegar), 50.195. Algún día me gustaría conocer la razón de estas variaciones.
  • Con esta, ya he participado seis veces y he ganado cinco. Según las estadísticas de NaNoWriMo, llevo escritas 282.636 palabras entre todas mis participaciones.
  • Según las mismas estadísticas, que actualizaba tras cada pomodoro, el promedio diario de palabras ha sido de 1.926. Claro, que eso es falso. El último día de participación (validé la «novela» el 26 de noviembre), hice un sprint y escribí mucho más. Y luego hubo cinco días en los que no he escribí nada (por fuerza mayor). Aún así, es curioso pero creo que el promedio se ajusta a mi capacidad habitual: empleando 3 pomodoros diarios, puedo superar con holgura las 1.667 palabras diarias.

Tiempo empleado

Comencé un poco después de la fecha de inicio: la tarde del 2 de noviembre. Terminé el 26. Eso quiere decir que he empleado 25 días en completar la «novela». De estos, 4 días no escribí por causas de fuerza mayor (bueno, reconozco que hubo un día que sí fue por flojera). Es decir, que me ha tomado 21 días. Por lo general, en todo este tiempo me he mantenido adelantado sobre la cuota de palabras prevista para cada fecha.

En promedio, y según mis propios registros, le he dedicado 3 pomodoros diarios a la escritura. Esto, contando los descansos de 5 minutos en los que no escribes pero en los que andas dándole vueltas a la historia en tu cabeza (algo imprescindible) viene a ser 1 hora y media. Hubo algunos días de en los que emplee 2 o 3 pomodoros, pero fueron los menos.

En total, el NaNoWriMo me ha costado 80 pomodoros. Haciendo el mismo redondeo de antes, 40 horas.

Resultado final

De las cinco «novelas» que tengo fruto de mi participación, dos no tienen final y tres sí. Entre las que «sí», está la de este año.

En todo el artículo he puesto «novela» así, entrecomillado. Porque no son novelas en sí mismas. Necesitan trabajo de edición. Escribir es editar.

Compartir la experiencia

A pesar de que los organizadores del NaNoWriMo tienen un foro muy majo para compartir experiencias, nunca he sido muy de utilizarlo. Lo he intentado otros años, pero entraba un par de veces, decía un par de cosas y hasta ahí llegaba.

Este año, entre unos pocos hemos compartido un grupo privado de Facebook. Ha sido una experiencia muy grata que no había tenido antes y que corrobora lo que había leído por ahí: que el NaNoWriMo es mejor cuando se comparte con otros participantes.

En el grupo hemos compartido enlaces, observaciones, consejos, nuestros avances y otras cosas más. Entre ellas, el odio que iba a generar en nuestro «yo futuro» lo que estábamos escribiendo.

Efectos secundarios

Hay un efecto secundario que provoca el NaNoWriMo que he podido apreciar en todas mis participaciones: durante su desarrollo, me era más fácil escribir otras cosas. No entro en si el resultado final era bueno o malo, que eso es otra historia, sino en que me era más fácil vencer eso que Steven Pressfield llama «la resistencia».

¿Virtud del NaNoWriMo o de cualquier proyecto de características similares? No lo sé. Pero presiento que pronto lo descubriré.

¿Y a qué ha venido este rollo?

Parte de lo que he escrito aquí lo compartí en el grupo de Facebook que he mencionado. Al hacerlo, me di cuenta de lo interesante que resulta tener un informe de este tipo a mano. Y no tanto para los demás como para uno mismo. Los datos arrojan perspectiva sobre nuestra obra y nuestros esfuerzos, y hoy más que nunca, con un poco de organización, resulta muy fácil obtenerlos gracias a la tecnología. Compartirlos o no ya es cuestión de cada uno, pero hacerlo puede servir a los demás para tener una referencia sobre la que trabajar. Buena o mala, pero una referencia.

Es la primera vez que reuno los datos así y creo que me voy a esforzar por hacerlo una costumbre. En privado, eso sí.

Categorías: Escribir

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