No quieres dar lástima pero, joder, a veces que bien te vendría una palmadita en la espalda, un abrazo fuerte, un beso en los párpados vencidos por el peso sordo que escondes en los rincones.

Te vendrían muy bien, pero cuando más los necesitas es cuando no hay nadie a tu alrededor, cuando has bajado la guardia, cuando te has despistado y has cogido el camino de árboles retorcidos que proyectan sombras extrañas de formas tenebrosas.

Te vendrían muy bien pero solo los necesitas cuando estás solo con Huine. Y Huine solo aparece cuando estás solo.


Huine es un camino que adopta forma de sombra. Huine es un sendero que se disfraza de figura en la penumbra.

Huine no se combate, sino que no se recorre.

Pero todos tus instintos te llevan a apretar los puños, a buscar una espada, un cuchillo, aunque sea un mísero palo. Maldita retórica popular que tira de tus reacciones y te hace sentir como una marioneta.

Huine no es más que un conjunto de conexiones neuronales que te conducen a un comportamiento disfuncional para contigo mismo.

Huine no es más que la reacción desproporcionada y mal encauzada de los impulsos de ese sistema nervioso altamente estimulable que te ha tocado en suerte.

A Huine no la vences porque no debes combatirla. A Huine no te rindes porque Huine es un camino y los caminos o se recorren o no se recorren. Si te rindes a un camino, dejas de recorrerlo.

No. Los términos no son bélicos, no son los del combate, los de la guerra. Los términos son los del viaje.

Pero, aún así, tu cuerpo te pide enfrentarte a Huine. Porque todo lo que no sea enfrentar, dicen por ahí, es rendirse. Y así, Huine se convierte en una metáfora literal.

Imagen de cabecera: Photo by Jake Melara on Unsplash

Categorías: Apuntes

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