Todos los días, sin cesar, escribe un diario que no es el suyo. Todos los días cuenta sucesos que no le suceden, pensamientos que no piensa y reflexiones que no hace. Todos los días expresa deseos que no desea y esperanzas por las que no espera. Todos los días, sin dejar pasar uno. No puede evitarlo y se atormenta con esa vida de ficción que no deja de exigirle que la cuente.

Después, o entre medias, pasa revista a sus yoes. Están todos. Acuden a su llamada. Percibe entre ellos figuras traslucidas. ¿Hay más? se pregunta. Quizá, se responde. Y quizá otros se fundan entre sí. Son fluidos. Y conversan entre ellos. Son todos parte de él.

Algún día, se dice, pasará también revista a sus fantasmas. Los hará formarse uno junto al otro, se dice, y hablarán. Si es necesario, discutirán. Y después, los exorcizará.

Las calles y plazas están llenas de fantasmas. Él puede verlos. Y puede oírlos. Fantasmas del pasado que le susurran recuerdos que quiere dejar atrás, recuerdos que no quiere mirar, una vida de la que quiere abjurar.

Y por eso los fantasmas siguen saliendo a su encuentro, por eso insisten en aparecer una y otra vez en su camino, por eso intentan llamar su atención. Y es que él se esfuerza tanto en no escucharlos que, efectivamente, no lo hace. Y es por eso que no entiende lo que en realidad quieren decirle.

Porque no quieren reprocharle, no quieren torturarle ni atormentarle. No: quieren hacer las paces con él. Eso es todo lo que piden: hacer las paces para así descansar de una buena vez. Él quiere que se vayan y ellos son los primeros que quieren irse.

Pero él sigue tan asustado que todo lo que hace es taparse los oídos y correr cada vez que se encuentra con uno.

Imagen: Ahmad Odeh en Unsplash

Categorías: Apuntes

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