Sí me preguntases qué busco, no te sabría contestar más allá de la certeza de que lo sabré cuando lo encuentre. Por ahora, solo sé lo que no busco y lo que no estoy dispuesto a dar, no tanto por la falta de disposición en sí como la ausencia de convicción de ser capaz de darlo.

Quiero comportarme como un ser básico, primitivo. Habito en un sitio donde fantasmagóricas complejidades se extienden como velos que enturbian todo camino y estoy agotado de que mi mirada no sea simple y clara. No quiero dobleces ni trampas. Ni tenderlas ni que me las tiendan.

Prometo dominarme, pues tengo un corazón desconcertado y desorientado con tendencia a ponerse donde solo se pone la entrepierna. Me dominaré y lo contendré, por ser honesto contigo pero sobre todo por serlo conmigo.

Quiero beber de tu pozo para saciar una sed que ahora no siento pero que sé que está escondida en algún lugar de mi interior. ¿Sabes cuando no tienes hambre pero comes porque debes hacerlo? Esto es igual.

No, no sé qué estoy buscando. No sé si es un cuerpo caliente para las noches frías, una sonrisa luminosa para los días oscuros o una conversación inteligente alrededor de la mesa de una cafetería. No sé si me conformo con algo pasajero o aspiro a que alguien deje en mi casa su ropa interior. No sé si quiero amor, deseo, amistad o simple camaradería.

No sé nada. Vivo en la más completa ignorancia de lo que quiere mi corazón respecto a otros, pues está muy ocupado en curar los estragos de una tempestad implacable que duró más de lo que cabía esperar pero menos de lo que cabía temer.

Y aún así, este yo desinformado tiene el atrevimiento de lanzarse imprudentemente a ventear el aire en busca de un perfume que le haga estremecer, provenga este de donde provenga, a sabiendas de que cuando encuentre lo que encuentre no sabrá qué hacer con ello. Porque este yo desinformado, atrevido e imprudente no sabe ni siquiera en qué punto del mapa está parado.

Imagen: Andrew Neel en Unsplash

Categorías: Apuntes

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