7 cosas que he aprendido en el NaNoWriMo 2013

Reza el dicho que «no hay dos sin tres», y yo sospecho que también no hay cuatro sin cinco. Y es que, a pesar de lo que dije en su momento, he vuelto a participar este año en el NaNoWriMo. Y puedo decir con satisfacción que nuevo he vuelto a cumplir el objetivo de escribir una novela de 50.000 palabras en un mes. Visto lo visto, me niego a afirmar o negar mi participación en un futuro.

Este año, me dejé arrastrar por ese ambiente que se vive en la red. Me decidí pocos días antes: el planteamiento creo que lo decidí uno o dos antes de la noche del 31 de octubre. Es decir, que me sumergí en la vorágine de escribir una novela en un mes casi con lo puesto.

Desde que participé por primera vez, mantengo que lo más útil del NaNoWrimo es todo lo que aprendes en él. Y en esta ocasión, no ha sido diferente. Aunque más que aprender cosas nuevas, lo que he hecho ha sido confirmar el conocimiento que ya tenía o matizarlo. Con todo, aquí están algunas de las cosas que he aprendido este año.

Necesito planificación previa:

Si no sé a donde voy, no soy nadie. Más que perderme, me atasco. Me quedo inmóvil frente a la pantalla. Necesito tener un mapa de la trama, saber sus puntos principales. También me resulta muy útil tener una pequeña planificación de la escena. No siempre, pero en el caso de no saber exactamente que va a ocurrir, es mejor detenerse un rato a pensarlo y hacer un breve esquema en cualquier soporte (yo prefiero el papel).

Esto es algo que ya sabía. Pero el descubrimiento ha sido lo de, ante una escena desconocida, pararse a pensar y planificarla mínimamente por escrito. Te puede llevar cinco minutos o media hora, pero luego resulta de mucha utilidad.

Necesito ser flexible en cuanto a la trama:

Tenía el planteamiento, la ambientación y la protagonista. Pero no tenía más que una vaga idea para el final. Tal vez esto permitió que, en un momento dado, se me ocurriese una forma de desviar la historia hacia un final que desde luego no tenía nada que ver con lo primero que había intuido (decir «imaginado» sería demasiado).

Sigo en mis trece de que es mejor saber por adelantado el final de tu historia. Bueno, de que es lo mejor para mí. Pero esto me ha demostrado que no hay que casarse con ningún final, por mucho que nos guste. Tal vez, en el «espacio-idea» (o «idea-espacio» o como coño se llame) este aguardando otro mucho mejor. Hay que verse a uno como una hierba flexible, no como un roble.

Esto era algo que ya sabía y en que, en mayor o menor medida, ya lo aplicaba. Sin embargo, mi experiencia en este NaNoWrimo ha reforzado mi convencimiento en esta idea.

Si no sabes que va a ocurrir, sáltatelo

A veces, metemos a nuestros personajes en situaciones que no sabemos como van a resolver pero sí que lo van a conseguir. En mi texto, la protagonista tenía que abrir una caja fuerte, pero no tenía claro como lo iba a conseguir. Cuando llegué a ese punto, en lugar de detenerme a pensar como resolverlo, tan sólo dejé una anotación y continué con la historia. Poco después, conseguí encontrar la solución y volví sobre esa parte para contarlo.

Creo que no hay que recurrir a esta solución más que en casos de extrema necesidad, porque si no, al final terminamos con algo más parecido a un colador que a una historia más o menos completa.

No mirar el contador de palabras:

Es increíble lo rápido que uno cae en viejos vicios. Están ahí, a la vuelta de la esquina, esperando para caer sobre ti cuando menos te lo esperes.

Ya sabes lo que dicen: si te aburres, no mires el reloj que es peor. Si estás escribiendo y tienes que cumplir una cuota de palabras diaria, ni se te ocurra mirar el contador.

Pues yo lo hice. Y así me fue. Sí, sí, conseguí llegar al final, pero en algunos momentos, mi estado era agónico y cada palabra pesaba como un saco de cemento.

Cuenta lo que tienes que contar, no metas relleno:

Se aplica lo que he dicho en el punto anterior sobre caer en viejos vicios. Y en este caso, se trata concretamente del vicio del relleno.

Una de las recomendaciones más habituales que se suelen hacer a la hora de participar en el NaNoWriMo es que no editemos por el camino. Más tarde recortaremos o cambiaremos lo que haya que cambiar. Esto hace que metamos parrafadas que nacen con el cartel de «pódame» en la frente. Y está bien.

Sin embargo, creo que hay dos tipos de relleno: como el colesterol, tenemos el «bueno» y el «malo». El bueno es el que metemos inadvertidamente. Por ejemplo, una descripción demasiado extensa. Nos dejamos llevar, absorbidos por nuestra historia y nuestro mundo y de pronto describimos un dormitorio con todos sus detalles más nimios. Es bueno porque, aunque luego terminaremos reduciéndolo o incluso cortándolo por completo, lo hemos hecho con sinceridad, con honestidad. Nos lo pedía el cuerpo. Nos hemos visto arrastrados por nuestra historia, y eso siempre es bueno (aunque el resultado no lo sea tanto).

Pero ahí está también el relleno «malo». Aquel que lo ponemos solamente para cumplir con nuestra cuota diaria. El futuro de ese relleno «malo» será el mismo del «bueno»: seleccionar > Borrar. Pero sus efectos son más perniciosos. Mientras lo estamos elaborando, vamos arrastrándonos por las palabras, reptando por ellas, sufriendo por cada una que ponemos y por la siguiente que le seguirá. El relleno «malo» es artificial, no es sincero. Y exige su pago en forma de fatiga excesiva.

En algunas ocasiones, al no saber que era lo seguiría a una escena en la que estaba, me dejé llevar por este «relleno malo». Y padecí mientras iba poniendo una palabra tras otra. Era como caminar por una alfombra de cactus.

Curiosamente, en las escenas en las que dije: «a la mierda, contaré lo que tengo que contar y si salen suficientes palabras, pues salen; si no, ya veré que hago», me encontré con que el resultado fue mucho mejor en todos los sentidos. Narrativamente, era mucho más lógico y cercano, con una necesidad de edición menor. Y el esfuerzo empleado era, desde luego, mucho menos que al rellenar tan sólo por rellenar.

Fragmentar la sesión de trabajo es útil

Mi estimación es de quinientas palabras cada veinticinco minutos (trabajo usando la técnica pomodoro). Esto me da una sesión de hora y media aproximadamente para cumplir con la cuota diaria del NaNoWriMo (mi estimación es conservadora a propósito: casi siempre la supero).

A pesar de que casi siempre me senté durante más de hora y media a escribir, algunos días fragmenté las sesiones de trabajo y en lugar de hacer una tan larga, hice dos o tres a lo largo del día. Descubrí que me resultaba más cómodo, aunque hubo ocasiones en las que, al fragmentarla en tres sesiones, la última resultó un tanto pesada. Creo que lo óptimo es hacer una sesión larga, de una hora en mi caso, y otra corta, de media hora. Mil palabras en una y quinientas en la otra (superando esa estimación en todos los casos).

No hay que afrontarlo como una obligación externa

Otro error. Gran parte de este NaNoWriMo lo he afrontado como una obligación que había impuesto un tercero indefinido, en lugar de hacerlo como lo que era: desafío que yo había decidido asumir. La frontera que separa ambos puntos de vista es muy delgada, pero pesa bastante en nuestro ánimo. Hubo momentos en que me olvidé que hacía esto por una razón más importante que cualquier otra que me pudiese plantear: porque me gusta escribir, porque disfruto haciéndolo. Esto me enseñó lo fácil que es olvidarlo.

¿Y ahora?

Cinco participaciones han dado como fruto cuatro novelas. De ellas, dos con un principio y un final, una que se ha quedado más que a medias y otra al que le quedan un par de jornadas más de trabajo para cerrarla.

De las dos con principio y final, una forma o formaba parte de una hipotética trilogía y no tengo muy claro que hacer con ella. Con la otra, sí: el final lo construí pensando en una continuación pero creo que necesita ser modificado. Y también el principio. De la última que he escrito, creo que necesita ser finalizada.

¿Y a partir de ahí? Pues no lo tengo claro. Me parece que lo más oportuno es hacer las modificaciones que necesita cada historia individualmente y luego someterla a una lectura honesta. Si después de leerla no me convence, a dormir el sueño de los justos en un archivo comprimido y guardado con las cautelas del caso (tampoco es cuestión de borrarla). Y si me convence, pues a editar se ha dicho.

Pero todo esto son tan sólo planes hipotéticos con los que, por el momento, no me pienso comprometer. Suceda lo que suceda, lo contaré por aquí en un momento u otro.

Categorías: Escribir

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