TRANSCRIPCIÓN

Fue un lunes largo, de los que empiezan pronto y terminan tarde. Tuvo un poco de todo, miedos y decepciones incluidos, pero el balance general terminó siendo positivo. Cuando ya la cama entonaba sus cantos de sirena y yo estaba silbando su misma melodía fue cuando me acordé que era 2 de septiembre. Fui a su web, pero nada. Así que, fui a su cuenta de Twitter y allí estaba el enlace: Isaac había cumplido lo prometido. Así que, tras el equivalente virtual de buscar monedas entre los cojines del sofá, me fui a la estantería digital y me hice con mi ejemplar de «Escribir mejor», ese que sabía que me estaba esperando con mi nombre grabado en él aunque Isaac nunca lo hubiese puesto ahí.

(Digo «Isaac», sí, por esa falsa familiaridad a la que induce esta era digital; en mi descargo diré que no es el único con el que soy tan descarado: a veces me refiero a Neil Gaiman como «Neil»).

Cuando el libro estuvo ya en mi poder, supe que estaba en tiempo de descuento para hacer lo que me había propuesto hacer hacía mucho tiempo más del que estaba dispuesto a admitir: una selección de los subrayados que hice en su libro «Escribir bien». Lo había ido posponiendo demasiado pero, ahora que su continuación estaba en la calle, me pareció apropiado realizarla. O eso me dije a mí mismo. Porque entonces empecé a leer «Escribir mejor» y se me volvió a ir el santo al cielo.

Y es que ambos libros conectaron conmigo de una manera que ningún otro libro de este tipo lo ha hecho. Sentí como si Isaac pusiese en palabras mucho de lo que creía en lo más profundo de mi ser respecto a la escritura y que, posiblemente, sin él no hubiese conseguido identificar. Porque en esto de escribir las ideas circulan como hojas de papel durante un vendaval y muchas de las más inapropiadas se te quedan pegadas a la cara y no te dejan ver ni siquiera esa verdad que tienes en tu interior. A mí se me habían pegado muchas, quizá demasiadas, y todavía siguen pegadas unas cuantas, pero Isaac ayudó a quitarme varias de ellas.

Cabe señalar que estas citas no pretenden ser una muestra de cada libro: tan solo son una selección de algunas de las que más conectaron conmigo. Ambos libros dicen mucho más de lo que aquí se refleja y en verdad te recomiendo que te hagas con ellos. Porque incluso si no llegas a ese nivel de conexión del que no dejo de hablar, por lo menos te aseguro que tendrás material para reflexionar y más de un «truco» o dos que te serán muy útiles si los aplicas.

Puedes encontrar a Isaac en su sitio web, Hoja en blanco, y en su cuenta de Twitter.

25 citas de «Escribir bien: O cómo fracasar mejor en el arte de la escritura»

El mito suena mejor, lo sé, creer que nacimos con algo especial dentro y todo eso. Pero esa creencia es un lastre para escribir bien. Si pensamos que tenemos algo especial, también creeremos que con eso podemos compensar y escamotear esas horas ingratas de aprendizaje y trabajo que nadie ve, que podremos no pagar ese impuesto y aún así aventajar a los que sí lo pagan y llegar más lejos que ellos. Y no es así.


Si no vas a intentar avanzar siempre y que no te atrape eso que te persigue y de lo que cada escritor huye, mejor no molestarse.


Cuando uno cambia, y por tanto se acerca a una frontera que no solía pisar, lo que le rodea tiende a tirar de él otra vez hacia el centro. Tiende a no gustarle, porque a los sistemas lo que les gusta es la homeostasis y que todo siga igual.


(…) este es un libro sobre escribir. Vender y escribir se parecen poco como verbos y están lejos en el diccionario, así que no sé qué pinta ese consejo en esta página y, sobre todo, si te ciñes y te etiquetas, has cogido lo bueno que tienes dentro y te impulsa a escribir, lo has partido por la mitad o en cuatro trozos, y lo has encerrado dentro de una caja pequeña. Buena suerte haciendo crecer tu arte en una caja pequeña, buena suerte escribiendo bien así, porque la vas a necesitar, y mucha.


Debes escribir lo que desees y, sobre todo y bajo ningún concepto, debes escribir lo que crees que los demás quieren, lo que crees que venderá, lo que crees que «se lleva», lo que creas que te dicta lo externo por el mero hecho de pensar que, si no lo haces así, no recibirás la aprobación del mundo ahí fuera. Porque ya te digo que no, no conseguirás esa aprobación en cantidad suficiente como para llenar ese cubo con agujero que tienes dentro. Da igual lo mucho que consigas llenar el balde de la aprobación, el problema es que viene de fábrica con dicho agujero. Y sobre todo, que mejor me centro en lo práctico, no sabes leer la mente de otros y si lo intentas no harás más que ir como un perro persiguiendo el coche de moda: la lengua fuera, tu mejor trabajo una copia de la copia, lo que te dice tu verdadera voz censurado porque crees que nadie va a querer leer eso.


Al fin y al cabo, si alguien te empezó a leer es porque le gustó lo que te sacaste de la cabeza o de las tripas. Por eso supongo que lo mejor es seguir por ahí, ¿no? Por donde ellas te digan, ya que de todos modos fallarás y acertarás igualmente por el camino, pero al menos escribirás lo que te dé la gana. Habrás desarrollado tu escritura según lo que hayas creído que es escribir bien, y no lo que parece que hay en las listas de ventas.


¿Ves esas llanuras largas que ocupan mucho tiempo y en las que tu habilidad, digamos escribiendo, se estanca? Esas son las peligrosas, no por desafiantes, sino porque exigen constancia en ausencia de un resultado aparente. Un paso tras otro para atravesarlas como el desierto, sin que parezca que haya un final. En el camino a la maestría hay largas etapas en las que parece que no avanzas, que no progresas, que estás empantanado por mucho que hagas y quizá esto no merezca la pena después de todo. Pero cuando uno sabe el aspecto que tiene la maestría, sabe que debe recorrer esa parte del camino y pasar por ella. Sabe que a veces la llanura se recorre en meses o a veces en años. Así que pone un pie delante del otro y camina cada día, hace cada día. Y te frustras, claro, porque de verdad que a veces parece que no mejora, que todo es una mierda, que lo de escribir no lo haces ni más rápido, ni más fluido, ni más bonito.


Nuestro cerebro es un yonqui de la novedad, necesita percibir cambio o se aburre pronto. Ante la llanura dice que mejor dedicarse a otra cosa más estimulante que escribir, y no a este páramo igual por todas partes, rediós. No importa, tú sigues caminando otro día más. Entonces, de vez en cuando, se produce esa subida de nivel que aparecía en la imagen anterior. Muchas veces no la percibes hasta que se ha completado y es que un día, miras atrás y te das cuenta de que algo ha cambiado, de que eres mejor. Escribes mejor, golpeas más rápido, haces tu trabajo de una manera más fluida, aunque siempre te va a costar si circulas por las llanuras que se encuentran cerca de la frontera en la que vive para siempre David Bowie.


(…) escribes por el mero hecho de hacerlo, por esa recompensa externa de haber escrito.


La mentira que más nos gusta contarnos es la de que por fin podríamos hacer lo que quisiéramos si una cierta condición se cumpliera. Si no tuvieras ese maldito trabajo de diez horas, si fueras rico, si no hubieras traído al mundo a dieciocho hijos y un loro, porque no pusiste medios y, para una vez que robas, tuvo que ser en una tienda de animales (nada basado en hechos reales). La realidad es que todo eso son excusas para no enfrentarnos a la incomodidad que supone hacer lo que tenemos que hacer, nos apetezca o no.


(…) el arte de la escritura es un arte de verdad, por tanto es complejo, difícil y merece un respeto. Pensar lo contrario y que cualquiera puede ser el mejor dedicándose cuando le apetece, es abaratar la escritura y faltarle a ese respeto. No abarates tu arte, bastante lo están haciendo otros por todas partes.


Y si es así, resulta que las metas, a veces con ese poco de suerte que siempre hace falta para todo, vienen solas como producto inevitable de seguir un buen sistema cada día y habernos convertido en los mejores. Incluso a veces vienen unas buenas victorias, pero el profesional, como el escritor de verdad, no se preocupa de ellas. Se preocupa de levantarse otro día, sentarse ante la historia, ser un poco mejor, ir un 1% más lejos que ayer en el viaje. Los resultados, si vienen, lo hacen como consecuencia natural de un buen sistema. O no, porque muchas veces no vienen, pero aún así los objetivos no importan.


(…) confía en el sistema si es adecuado, y en el proceso. Disfruta de él, del mero hecho de escribir por escribir, por hacerlo mejor y ya está. Y que con ello venga esa sensación difícil de describir a todos esos que no se dedican a esto. Las metas que nos pongamos en el sistema, si acaso, serán sobre cosas que uno sí puede controlar: un determinado número de horas al día (o de palabras en la fase de creación pura), un determinado número de envíos de manuscrito hasta acabar esa lista de editoriales que podrían encajar para nuestra historia…


Si no sabes poner un cimiento, no intentes levantar la Sagrada Familia, porque te va a caer encima. Aprende las reglas básicas, ten una ortografía impecable y aún así se te colarán cien erratas, aprende sobre conceptos como argumento y sus tipos. Encontrarás que unos dicen que hay siete, otros nueve, otros que si treinta y seis situaciones… Todo es útil, todo añade, no es para que lo sigas al pie de la letra, es para enriquecer lo que tienes dentro y que con esas nuevas piezas surjan cosas interesantes y ricas. Aprende sobre estructura narrativa, aprende sobre tu arte.


Si yo creo que tengo toda mi vida por delante para sentarme y escribir, despertaré un día con toda mi vida por detrás y ni una sola palabra.


Te levantas, escribes, sigues tu sistema, le entregas horas sin preocuparte del resultado, sólo de poner tu parte del trabajo cada día lo mejor que sepas como un artesano. Lo demás, ya veremos. Tú riegas la planta y la cuidas como mejor sabes, si florece o no, es cosa de la planta, tu parte ya está hecha. Así es como pasan meses y años y miras atrás y resulta qué algo sí has construido. A veces es así, sólo puedes ver los resultados echando esa vista atrás.


En vez de esquivar lo incómodo, vas hacia ello y te sumerges. Las razones del estoicismo para recomendar eso eran diversas, pero la más pragmática es que, como casi todo en esta vida, ser miserable y a la vez capaz de seguir avanzando, es una habilidad, un músculo que se ejercita con la práctica. Esa es una buena noticia, porque significa que esa habilidad tan necesaria está de nuevo al alcance de todos y no sólo unos pocos elegidos. También es una muy mala noticia, porque no deja sitio a las excusas.


Apunta a la cantidad para que surja la calidad, escribe cada día y no importa si es malo, tiene que ser malo. El 99% de lo que escribo, por fortuna y porque soy un experto en sabotearme, nunca verá ninguna luz. Afortunadamente, porque es tan malo que merezco que me aticen con un calcetín lleno de canicas. Sin embargo, ha tenido su función y esa función ha sido hacer posible lo bueno que alguna vez haya escrito. Sin todo eso malo, sin todos esos golpes fallidos, nunca habría tenido los aciertos. Ha sido eso malo lo que ha cargado con mi peso gran parte del camino hasta que alguna vez llegué a un sitio que no estuvo mal y lo escribí.


La moraleja es que escribas lo que sea si no puedes escribir otra cosa. Te apetezca o no, te guste o no, fluya o no. Porque lo cierto es que puedes modelar algo a partir de un montón de mierda, pero no puedes modelar algo de la nada. Quizá eso tan malo que creaste, dentro de dos días y diez repasos, se convierta en algo que ya no duela tanto leer. Pero sobre todo, vencer a los obstáculos (y hacerlo cada día) te convierte a ti en mejor escritor, aunque hayas escrito lo peor. O al menos te convierte en un escritor de verdad y no en uno que sólo juega a serlo y a decirlo por todas partes.


99% de lo que escribas probablemente no verá la luz y es que no todo tiene que hacerlo. Casi nada debe hacerlo, de hecho. Hay cosas, hay páginas sobre todo, que se van a quedar en el anonimato y cuya función es la más importante: hacer mejor a las páginas que vienen, morir en la oscuridad por las otras, como han hecho la gran mayoría de héroes verdaderos desde el amanecer de los tiempos. Todas esas pocas cosas buenas de las que estás orgulloso surgieron gracias a todas esas cosas que nunca conseguiste sacar del barro.


Es nuestra especie de religión, creer que cada día, gracias a toda esta basura enterrada como los cimientos ocultos de una casa, edificaremos algo decente.


Si escribo sólo por dinero (o reconocimiento, adoración o lo que sea) mi feedback sobre si la cosa va bien, o no, es únicamente lo que gano con lo que he hecho, algo que está fuera de mí y no puedo controlar. Además, no es inmediato. Esa recompensa externa por escribir no llegará (si llega) hasta mucho más tarde del momento en el que me siento a hacerlo. Si escribo por los motivos equivocados, nunca voy a tener la tercera condición para que se dé el estado de flujo.


Pienso que para escribir bien hay que adoptar una mentalidad de profesional y una mentalidad de artesano, de escribir por el mero hecho de hacerlo bien y que esa sea suficiente recompensa interna (al fin y al cabo, es un requisito del flujo que vimos en el capítulo anterior). Porque otro tipo de recompensa es difícil que vayamos a obtener, así que, cuanto antes asumamos eso, antes creo que escribiremos bien. En realidad es liberador para la escritura dejar de contarnos esas historias de ego, dejar de pensar que todos van a caer enamorados de nuestra prosa, que nos pedirán que les firmemos un libro mientras estamos en un bar con alguien, y ese alguien se pondrá celoso y nos deseará todavía más, nuestro ego regocijándose en la fantasía mientras en esa película mantenemos una falsa modestia que no engaña a nadie.


El artesano tiene la mentalidad de escribir lo mejor que pueda escribir por el mero hecho de haberlo traído a la luz, aunque sea su sola luz, no hace falta la de ningún otro. Hay una satisfacción interna y esa debe ser suficiente. Si no es así, es imposible crear algo bueno. Porque crear algo bueno no es crear algo que se venda.


Tienes que ser capaz de crear por ti mismo y reconocer cuando tu obra se sostiene, aunque sea precariamente, sobre dos patas. Y debes reconocer cuándo sería capaz de andar por sí sola, renqueando o no, hacia la próxima etapa de su viaje: el cajón del olvido o una posible edición, si es eso lo que te planteas.


«Escribir bien: O cómo fracasar mejor en el arte de la escritura»

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25 citas de «Escribir mejor: O cómo multiplicar las palabras diarias para ser mejor escritor»

A la perfección se llega por la repetición y el tiempo que tenemos es limitado.


Lee menos cosas que no sean libros buenos, lee menos consejos en la web y las redes sociales, menos «métodos infalibles», menos cursos llenos de promesas. Lee menos de todo eso porque es imposible que escuches tu voz si llenas tu cabeza con el jaleo de tantas otras. Algo no puede aflorar si no le dejas espacio, saturado por gurús y consejos.


(…) si te preocupa más vender que escribir eres un feriante, no un escritor. No te estás dedicando a otro arte más que al de cómo endosar tu libro a la gente, en vez de emocionarles con una historia y que la muerte se lo piense dos veces cuando te mire.


Somos más autómatas en nuestras decisiones de lo que creemos así que, al menos, tratemos de usar eso a nuestro favor.


(…) no tienes que contar una historia que interese a todo el mundo, porque sólo estarás construyendo una de frustración.


Como no podía ser de otro modo, si quieres escribir más sigue los pasos de Hemingway: Nunca te sientes sin saber de antemano sobre qué vas a hacerlo exactamente. Cuanto más detallado, más fácil será. Si tenemos una libreta donde incluso hemos apuntado las ideas o sucesos a transmitir, e incluso una estructura de lo que queremos contar, ya sería ideal. Pero no debemos confiar en lo ideal, y tampoco hace falta que sea así.


Cuando es bastante buena, justo la adecuada o conecta de alguna manera extraña con alguien, una historia lo puede todo.


La realidad es esta, no podemos influir en las olas, pero podemos montarlas y aprovechar las que van en la dirección que queremos.


(…) para escribir más y mejor es, necesariamente, amar la historia que tenemos delante. O al menos, que nos guste de esa manera en la que la miras furtivamente con deseo, mientras estás haciendo otra cosa.


Si lo que tenemos dentro quiere salir como una llamarada que decía Bukowski, tenemos la obligación moral de sacarlo a la luz. A lo hecho en el pasado, a los géneros y las etiquetas que nos pusieron, que les den. Que le den también a los juicios, que le den a todo lo que quiera construir una muralla alrededor de nuestra escritura para encerrarnos dentro y amordazarla a ella. Si nos atamos al pie una bola de presidiario como en mis tebeos de pequeño, ¿cómo no vamos a ir más lentos y escribir menos?


(…) pocas veces soportamos que nada esté claro del todo y no haya respuestas fáciles.


¿Qué hacemos entonces con el concepto tradicional de fuerza de voluntad? Buena pregunta. Probablemente, lo más interesante y práctico es ignorarlo si queremos escribir más. No solo no parece ser ese recurso finito del que tanto se ha hablado, sino que su misma existencia es algo difusa. De haber algo parecido a una «fuerza de voluntad» (que probablemente deberíamos definir con otro término más adecuado a su naturaleza), esta dependería de emociones y valores. Eso la hace mucho más compleja de gestionar y, sobre todo, algo muy individualizado. Por eso, dar pautas generales, como la de intentar «conservarla» no exponiéndose a tentaciones o a constantes tomas de decisiones, no proporciona resultados consistentes en experimentos bien realizados. Lo que sí se ha comprobado con cierto rigor sobre la «fuerza de voluntad» es que las creencias que se tienen sobre ella la afectan. O lo que es lo mismo, una vez más, el poder de las historias vence.


Estar a salvo no es posible. Intentarlo por todos los medios te vuelve un niño paranoico, malcriado e hipersensible, dado a la frustración cuando el viento se pone en contra, que en la vida real es día sí y día también.


Todos hemos vivido ese instante en el que había que elegir entre escribir y cualquier otra cosa, y los cualquieras ganaron más de lo que debían. Es necesario cambiar eso, porque si no podemos ni siquiera dar ese primer paso inicial, si no podemos tomar regularmente esa decisión de escribir por pequeña que sea, deberíamos dedicarnos a otra cosa. Es así de sencillo, lo queramos oír o no. Si no vamos ni a darle este pequeño pedazo a la escritura, no podemos esperar que ella nos devuelva nada. Ninguno lo haríamos tampoco por alguien que no tuviera para nosotros ese instante en el que nos eligió por encima del resto. Si de verdad nos consideramos escritores, algo que se dice demasiado a la ligera, hemos de decir «sí» en ese pequeño momento de decisión diario sobre si escribiremos o no. Hemos de sentarnos, tumbar la primera ficha de dominó y echar todo a rodar por la cuesta abajo que estamos construyendo en este libro. Si no, estamos engañándonos y engañando a los demás con eso de que somos escritores. Y lo que es peor, se trata de un engaño mediocre y esa es la antítesis de la buena escritura.


¿Qué ocurre la mayoría de las veces cuando nos ponemos con la tarea ingrata que hemos retrasado una y otra vez? Nos damos cuenta de que casi nunca es para tanto, algo que deberíamos repetirnos a menudo. Contamos el tiempo y el esfuerzo y resulta que hemos pasado más tiempo agonizando e imaginando lo horrible que iba a ser, que lo que hemos tardado en hacerla. Pero claro, todo esto es como decirle a un depresivo que se anime.


Escribe como si nadie te fuera a leer, porque esa es la única manera de ser libre y sacar lo mejor que tengas dentro, al menos, lo auténtico. Escribe sin pensar en lectores o ventas, en que dirá tu madre o el público. Escribe para meter en un cajón el manuscrito, escribe sin ningún fin en mente que no sea aprovechar el tiempo que se te ha dado en hacer, por una vez, algo que amas, aunque no te guste en ese momento. Recuerda que lo uno y lo otro no son incompatibles. Escribe para no tratar de gustar, porque en el momento en que eso cruce por la mente, ya te has vuelto a desviar de la línea recta. Que no puede salir recta, pero hay que intentarlo. Todas esas preocupaciones que no son «escribir y nada más» resquebrajan el frágil estado de flujo, ese que hace que las horas de escritura, en las que los demás todavía duermen, merezcan la pena por sí mismas. Cuidado en esa cuerda floja, deja que pasen todos esos pensamientos que nada tienen que ver con escribir y pon otra palabra más detrás de la anterior. Escribe para terminar, que ya habrá tiempo de enderezar lo torcido y borrar lo humillante.


La cabeza del escritor es obsesiva por naturaleza y hay épocas en las que, por mil motivos o ninguno en especial, se convierte en su peor enemiga, contándote historias horribles a ti cuando las debería volcar sobre el papel para otro.


Cuando te sientas ante la pantalla, en realidad no quieres escribir, quieres escribir «algo bueno, algo que venda, algo que enamore…». Así que estás juzgando todo el tiempo lo que quieres hacer y piensas, en apenas un instante y sin verbalizarlo, miles de cosas que te detienen porque no sabes si lo que vas a volcar sobre la página cumple esas expectativas. «Esto no le va gustar a nadie, esto no va a ningún lado, esto no es un relato o una novela en condiciones, esto no vende o no es lo que yo escribo». Frases que pasan como un relámpago y ni las ves, pero están y hacen su trabajo de zapa. Y así, entre juicios, miedos y esperanzas, queda atrapado lo creativo y construido el dique que bloquea el flujo del río.


Para algo que me salva en este mundo sin esperar al siguiente, como hace la escritura, no lo voy a traicionar por cosas como la vana intención de la fama, el público o la adoración. Ese enfoque sólo tiene un final posible, escribir cosas mediocres, bloquearte y verte atrapado por las expectativas de los demás. Por supuesto, sin conseguir fama, público o adoración. No quiero que en mi epitafio ponga que viví preso de alguien.


(…) ocurre que, cuando las obligaciones no son hacia los demás, sino hacia uno mismo, solemos ser nuestros peores clientes. Al fin y al cabo, la vergüenza de no haber hecho a tiempo algo que sólo nos prometimos a nosotros es íntima, y los escritores podemos soportar enormes cantidades de decepción con nosotros mismos y seguir funcionando. Del mismo modo, las consecuencias de no haber escrito resultan mucho más difusas que las de no entregar un informe a nuestro jefe. En realidad existen y son graves, pues esto es una pelea por nuestra alma y la perdemos, que dijo aquel, pero son unas consecuencias intangibles para nuestro cerebro centrado en el status y el corto plazo. Es muy fácil decir que tenemos que tratarnos igual que si fuéramos nuestros mejores clientes (de ahí dedicarnos a escribir lo primero en la mañana) y trabajar para nosotros mismos con el mismo ahínco con el que lo hacemos para ellos. Que deberíamos «pagarnos primero» porque somos lo más importante. Pero la realidad es que eso sólo sirve para ponerlo en una taza y venderla a incautos. Así que, en realidad, nos solemos tratar como a nuestros peores clientes.


No hay otra consecuencia que un poco más de erosión de una autoestima que, en realidad, es otro concepto ajeno al escritor. Vivimos con ese extraño dolor sordo pero soportable de todas las cosas que no hemos terminado.


(…) considera un éxito el haber escrito, no importa si es bueno o malo. El mero hecho de dedicar una parte de cada día al arte ya te pone por delante de la mayoría de los que se llaman escritores.


Este es un fenómeno psicológico muy habitual. Por eso, cuando uno «falla» y no escribe un día, no podemos dejarnos llevar y seguir deslizándonos hasta el fin de semana sin haber puesto una palabra tras otra. Si es así, nos costará cada vez más volver a escalar desde el fondo del valle al que nos hemos dejado ir hasta el punto en el que resbalamos. ¿Cómo se combaten efectos psicológicos como este? Como siempre, no hay nada infalible, pero el mero hecho de conocer que existe esa pendiente, caminamos por ella y nos afecta, nos ayuda a no caer. Muchas de estas trampas semiinconscientes actúan libremente porque bastante gente las desconoce y el diablo hace su mejor trabajo cuando se niega su existencia. No puedes combatir lo que no vez, pero cuando hacemos consciente lo inconsciente, le damos luz, vemos lo que está haciendo, le pillamos in fraganti y es más fácil pararlo. Aparte de eso, poco más funciona, excepto ser benévolos con nosotros mismos, que sí se ha comprobado que es efectivo. Si nos damos cuenta de que hemos resbalado no pasa nada, no nos machacamos y no «tiramos el carro por el pedregal» en honor a los dichos de mi pueblo. Al día siguiente, seguimos como si nada. O si en ese momento podemos remediarlo, lo hacemos, aunque sea con los cinco minutos que ya hemos visto, mucho más poderosos de lo que parecen.


Estos mandamientos se resumen en uno: Si amas la escritura lo suficiente, le dedicarás a ella más tiempo que a otra cosa. Aunque los que no sabemos amar del todo bien, también necesitamos de estas tácticas para obligarnos a querer más, a querer mejor. En realidad, todo se resume en que he manipulado mi entorno y a mí mismo para escribir. He aprovechado todos esos sesgos cognitivos y la manera en que funcionamos a favor de las palabras. Puede sonar poco atractivo eso de manipular, pero la realidad es que si no lo haces tú, alguien lo va a hacer por ti, ya que la libertad es un mito. Si me hubiera levantado sin plan, mis caprichos me habrían manipulado, el teléfono me habría manipulado, Internet, los correos de clientes o los mensajes de otros me habrían manipulado, habrían capturado mi atención y habría vivido haciendo realidad la agenda de otros y no la mía. Si de todas formas voy a ser usado de manera inevitable, al menos que sea por mí.


Aunque hoy haya sido ese buen día de escritura, no siempre es así y no pasa nada. Aspiro a que al menos lo sean la mitad de los días más uno y a haberlo intentado al menos una mayoría más amplia.


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Imagen de cabecera: Aaron Burden en Unsplash


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